“Es Dora”.
Me ardió la sangre. Mi madre puso altavoz. La voz de Dora salió dulce:
“Silvia, querida, hoy nos vemos para firmar. Trae a tu hija, así aprende a obedecer”.
Alejandra, que aún estaba con nosotras, frunció el ceño. Mi madre respiró hondo.
“No voy”.
Dora rió.
“Ah, sí vas, porque si no mando a alguien a tu pueblo a recordarte cosas”.
Me puse helada. Dora seguía:
“Y, Valeria, dile a Juan que venga. Esto también le conviene”.
Miré a Juan. Estaba pálido.
Alejandra habló al altavoz:
“Señora Dora, su amenaza queda registrada. Buen día”.
Y colgó.
Juan explotó.
“¿Por qué le hablas así a mi mamá?”
Alejandra lo fulminó con la mirada.
“Porque su mamá está cometiendo un delito”.
Juan se pasó la mano por la cara.
“Ella está desesperada”.
Yo respondí:
“No. Ella está acostumbrada a ganar”.