Fue condenado a cadena perpetua por un crimen que no cometió. Antes de ser llevado a prisión, pidió tener a su hijo recién nacido en brazos por tan solo un minuto. Pero lo que hizo mientras sostenía al bebé dejó atónito a todo el tribunal y a un multimillonario.

—Yo no la puse ahí —susurró, temblando—. Te lo juro, Mateo… yo no sabía nada.

Mateo la miró apenas un segundo.

Y le creyó.

No porque tuviera tiempo para dudar.

Sino porque conocía la cara de Clara cuando mentía.

Y esa no era la cara de una mujer mintiendo.

Era la cara de una mujer empezando a entender que alguien había usado a su bebé para meter una verdad en una sala comprada.

—Entréguela al tribunal —dijo la jueza.

Mateo no se movió.

Vicente reaccionó por fin.

—Su señoría, eso no prueba nada —dijo demasiado rápido—. Cualquiera pudo meter un objeto en esa manta para provocar un circo y retrasar la ejecución de la sentencia.

La jueza giró el rostro hacia él.

—¿Ejecución? Esto no es una pena de muerte, señor Aranda.