Estaba bañando a mi cuñado paralizado… pero al quitarle la camisa descubrí algo que explicó por qué mi esposo siempre me prohibía entrar a esa habitación… y no estaba preparada para verlo.

¿Qué le pasó realmente antes de quedar así?

¿Y por qué mi esposo tenía tanto miedo de que yo descubriera lo que había debajo de esa camisa?

El agua seguía cayendo.

Suave.

Constante.

Como si no le importara lo que acababa de salir a la luz.

Pero a mí sí.

Y mucho.

Me quedé ahí, con la camisa en la mano, sin saber si seguir… o salir corriendo.

Porque una cosa es cuidar a alguien enfermo.

Y otra muy distinta… es descubrir que su cuerpo guarda algo que nadie quiso nombrar.

—¿Quién te hizo eso? —pregunté.

Mi voz no sonó fuerte.

Sonó… rota.

Él no respondió.

Ni siquiera abrió los ojos.

Solo respiró más lento.

Más pesado.

Como si cada palabra que no decía… le pesara más que cualquier respuesta.

Me acerqué un poco.

Con cuidado.

Como si esas cicatrices pudieran doler otra vez solo por mirarlas.

—No fue la enfermedad… ¿verdad?

Silencio.

—Eso ya estaba antes.

El agua le caía por la espalda.

Y en cada línea marcada…

había tiempo.

No semanas.

No meses.

Años.

Apreté los labios.

—¿Fue tu papá?

No sé por qué dije eso.

Pero lo sentí.

Desde el primer momento.

Desde que vi esas marcas.

Desde que recordé los silencios en esa casa.