Mi voz salió firme, clara, resonando en el patio con la autoridad de una matriarca que ha recuperado su trono. Fausto dejó las pinzas sobre el borde del asador, se secó la mano derecha en el delantal manchado de grasa que llevaba puesto y tomó el sobre. Desató el cordón con cierta torpeza. Sus dedos, gruesos y poco acostumbrados al trabajo fino, tiraron del papel hasta sacar el contenido. Eran tres folios grapados. Arriba, en el membrete, destacaba el sello del registro de instrumentos públicos de la provincia y la firma en tinta azul del notario Don Anselmo, un viejo amigo mío.
Fausto empezó a leer. Sus ojos recorrieron las primeras líneas. Vi cómo la nuez de su garganta subía y bajaba al tragar saliva. La primera página era una copia certificada y actualizada de la escritura de la propiedad, un documento que demostraba, sin lugar a dudas, que el terreno completo, la casa principal, el anexo, el patio y hasta el árbol de mango estaban a nombre de Soraida, viuda de carácter y dueña absoluta. Él siempre había creído, porque así se lo había hecho creer su propia arrogancia, que al mudarse aquí y hacerse cargo del pago de los servicios básicos de agua y luz, había adquirido algún tipo de derecho. Creía que yo, por ser vieja y estar retirada en el fondo del lote, le había heredado en vida la propiedad a su esposa. Nunca se preocupó por investigar la legalidad de su imperio de cartón.
Pero eso no era lo peor. Lo que hizo que el color desapareciera del rostro de Fausto estaba en la segunda página. Era una notificación formal redactada por el abogado de la notaría, un requerimiento legal de desalojo, un documento que llevaba mi firma en la parte inferior, trazada con letras redondas y claras. En él se le informaba al señor Fausto que tenía un plazo perentorio de 30 días calendario para desocupar la propiedad por completo, retirar sus pertenencias y entregar las llaves. En caso de no hacerlo, se procedería con el lanzamiento por vía judicial, apoyado por la fuerza pública.
El silencio en el patio se transformó en una tensión eléctrica. Lorena se puso de pie, asustada por la palidez repentina de su esposo. “¿Qué pasa, Fausto? ¿Qué es eso?”, preguntó mi hija, dando un paso hacia nosotros. Él no le respondió. No podía. Sus ojos seguían fijos en el papel, releyendo el párrafo del desalojo, como si las letras estuvieran escritas en un idioma extranjero. La lata de cerveza se le resbaló de la mano izquierda, cayendo al suelo de baldosas con un estruendo metálico. La espuma dorada se derramó sobre sus zapatos, pero ni siquiera se inmutó.