PARTE 2
“Ni 1 sonido, o nos matan a todos”, susurró 1 voz ronca y rasposa desde la oscuridad. Valeria giró lentamente, cubriendo a sus 3 hijos con su propio cuerpo. Frente a ella, iluminado apenas por la luz de la luna, estaba Don Chucho, 1 anciano de 70 años que solía vender leña en el pueblo. Llevaba 1 machete oxidado en la mano y cojeaba de la pierna izquierda. “Héctor me pagó hace 5 años para proteger este lugar”, murmuró el viejo, empujando 1 pesada roca cubierta de musgo y raíces. Debajo, se reveló 1 pesada puerta de acero incrustada en la tierra. “Entren rápido”.
Los motores de las camionetas sonaban cada vez más cerca. Valeria tomó en brazos a Leo y empujó a Diego y Sofía por el estrecho túnel de concreto. Don Chucho cerró la escotilla justo cuando los sicarios pasaban sobre sus cabezas. En el interior, la oscuridad los envolvió por 1 segundo hasta que el anciano encendió 1 lámpara de gas. Valeria quedó boquiabierta. La casa enterrada era 1 búnker perfecto. Las paredes estaban reforzadas con vigas gruesas. Había 4 camas plegables, cajas de agua, comida enlatada y 1 tanque de oxígeno.
Pero lo que más le dolió fue ver el rincón al fondo. Sobre 1 mesa de madera, iluminado por 1 linterna, había 1 cuaderno de cuero desgastado. Valeria corrió hacia la mesa, abrió el diario y comenzó a leer. Las lágrimas brotaron como 1 río incontrolable. Héctor no arreglaba tractores. Durante 5 años, Don Artemio lo obligó a blindar los vehículos del cártel, amenazando con asesinar a sus 3 hijos si se negaba. Pero la peor revelación estaba en las últimas 10 páginas.
“Ramiro quería mi lugar”, escribió Héctor con pulso tembloroso. “Mi propio hermano me vendió a Don Artemio y comenzó a envenenar mis bebidas en las comidas familiares dominicales. Puso pequeñas dosis de raticida en mi cerveza durante 6 meses. Sabía que me estaban matando por dentro, Valeria. Sentía el dolor quemándome los riñones, pero no podía decir nada. Si hablaba, Ramiro los mataría a ustedes. Preferí morir en silencio para ganar tiempo y construir este refugio”.
El corazón de Valeria se rompió en pedazos. El padre de sus hijos agonizó en secreto, sonriendo cada noche mientras la muerte lo devoraba, todo para protegerlos. Diego leyó por encima de su hombro y apretó los puños, llorando de rabia. “Mi tío mató a mi papá”, susurró el niño de 11 años, perdiendo su inocencia de golpe.
De repente, 1 golpe brutal sacudió el techo del búnker. Polvo y tierra cayeron sobre ellos. “¡Sal de ahí, maldita viuda!”, resonó la voz de Ramiro desde la superficie, amplificada por la tierra. “¡Sé que mi hermano construyó este pozo!”. Habían traído 1 excavadora. El refugio no resistiría mucho tiempo.
Don Chucho sacó 1 pistola revólver y miró a Valeria con ojos inyectados en sangre. “Debajo de la tercera cama hay 1 túnel antiguo que usan los narcos, conecta con el santuario de la Virgen a 4 kilómetros de aquí. Corran. Yo me encargo de ese traidor”. Valeria suplicó, pero el anciano la empujó hacia la escotilla secreta. Mientras los 4 se arrastraban por el barro, 1 explosión ensordecedora destrozó la entrada del búnker, seguida de 5 disparos consecutivos y el silencio más aterrador que Valeria había escuchado jamás.