Caminé hacia la salida del hospital y, con pasos lentos pero firmes, sentía que la elena que siempre se callaba para no molestar a los demás había muerto en ese pasillo. Mateo, hijo mío, ahora mismo me ves como tu peor enemiga, pero prefiero que me odies toda la vida, pero a dejar que pases un solo día más junto a esas víboras. Este jueves no será el día de tu boda. Hoy será el día en que su teatro se caiga a pedazos. Isabella, usaste un embarazo falso para chantajearme, pues ahora prepárate porque voy a hacer que pagues cada lágrima mía con años de cárcel. El tiempo de las mentiras se acabó. Ahora vas a conocer de qué es capaz una madre mexicana que no tiene nada que perder.
Eran las diez de la noche. El aire afuera del hospital se sentía pesado, pero yo no me iba a ir a mi casa a llorar mis penas. Me quedé en un coche viejo que le pedí prestado a uno de mis trabajadores para que no me reconocieran. Me estacioné a la sombra de un jacarandá, apagué las luces y esperé. Después de un rato vi salir a patricia. Ya no tenía esa cara de angustia que puso frente a mateo, pero al contrario iba caminando muy quitada de la pena, hablando por teléfono y sonriendo con una malicia que me revolvió el estómago.
Decidí seguirla, pero el taxi de patricia no se dirigió a ninguna zona de mansiones ni a la casa que tanto presumían. Se detuvo frente a un edificio moderno, pero frío, en la zona de polanco. Era de esos edificios que se rentan por día para turistas y gente de negocios.
Me bajé con cuidado. Me puse un sombrero y unos lentes oscuros para ocultar mis ojos hinchados. Con un poco de astucia y una propina generosa para el guardia de seguridad, logré entrar. Me hice pasar por una tía que venía a entregarle una cena especial a sus sobrinas. El guardia, un muchacho joven, me confirmó lo que sospechaba. El departamento cuatrocientos dos había sido rentado por medio de una aplicación de internet apenas hace dos semanas. Isabella, toda esa vida de lujos que nos vendieron no era más que un escenario alquilado para apantallar a mi familia y sacarnos el dinero.
Caminé por el pasillo alfombrado con el corazón latiéndome en la garganta. Sentía que estaba entrando en la boca de un lobo, pero no iba a dar marcha atrás. Me acerqué con cuidado a la salida de emergencia que estaba junto al balcón del departamento cuatrocientos dos. La puerta estaba mal cerrada. A través de la pequeña rendija escuché una risa que me heló la sangre. Era una risa clara, fuerte y llena de burla. Era isabella.