En pleno almuerzo, la prometida de mi hijo exigió de repente 17 millones de dólares para organizar una boda lujosa, y mi hijo incluso asintió en señal de acuerdo. Pero justo en ese momento, un mesero me deslizó en secreto un papel en la mano: “Ella es una estafadora… salve a su hijo.

Me acerqué al espejo del pasillo, me acomodé el cuello de mi blusa de seda y me miré con una frialdad que hasta a mí me asustó, porque mis ojos eran los de un juez a punto de dictar sentencia. Le respondí con una sola palabra: lista.

Isabella, dijo, tú estás esperando una boda de diecisiete millones, pero lo que vas a recibir es una ceremonia de expulsión de la gente decente. El juego de la niña buena se terminó. Mañana vas a conocer a la verdadera elena morales y te aseguro que no vas a olvidar mi nombre por el resto de tu vida. Gracias. La función está a punto de empezar.

El sol se estaba ocultando en la ciudad de méxico cuando el cielo se tiñó de un rojo que parecía un presagio. Yo estaba sola en casa, sentada en la sala, tratando de organizar mis pensamientos, cuando escuché la puerta. Isabella entró sin avisar. Ya no traía puesta esa máscara de niña buena que solía usar frente a mi hijo. Se paró frente a mí y me dijo con una voz que me dio asco que ya sabía lo que yo estaba haciendo. Me llamó vieja tonta y me advirtió que ella siempre ganaba. Me gritó que mateo era suyo y que el dinero de la familia morales también lo sería, quisiera yo o no. Se veía desesperada, como una fiera acorralada que sabe que la verdad está cerca.

En ese momento escuché el motor del coche de mateo entrando al garaje. Antes de que yo pudiera reaccionar, ella se arrancó de un tirón la cadena de oro que llevaba al cuello y con un movimiento brusco empujó un jarrón de talavera precioso que era herencia de mi abuela, haciéndolo añicos contra el suelo. Luego se dejó caer por los últimos escalones de la escalera principal. Justo cuando mateo abría la puerta de la entrada, empezó a gritar el nombre de mi hijo con una desesperación fingida que me heló la sangre.

Mi hijo entró corriendo y se encontró con esa escena de pesadilla. Isabella estaba tirada en el piso con un raspón en la frente y el collar roto a su lado. Y luego ella, temblando y sollozando de una manera magistral, me señaló con el dedo. Le dijo a mateo que yo la había amenazado. Le mintió diciendo que yo le advertí que si no se alejaba de él la haría desaparecer. Y luego mateo soltó la mentira más cruel. Dijo que yo la había empujado escaleras abajo por puro odio.