Media hora después, un motor se detuvo de golpe frente al edificio. Un Mercedes negro reluciente se estacionó frente a la entrada. Doña Eulogía bajó con sus lentes oscuros cubriéndole medio rostro y su conjunto de seda verde brillante destacando entre paredes descarapeladas y niños jugando. Sin tocar el timbre, golpeó la puerta con fuerza. Abrí, derecha, viéndola de frente.
Se quitó los lentes y me escaneó con desprecio, como si yo fuera basura.
—¿Cuánto quieres? —dijo con voz empalagosa.
Abrió su bolso de piel y me puso en la cara un fajo de billetes.
—¿Cincuenta mil o cien? Agárralos y cállate.
La miré directo a los ojos sin siquiera tocar el dinero.
—Cree que el dinero lo compra todo, doña Eulogía. Hay cosas que no tienen precio. La dignidad, por ejemplo.
Ella se quedó pasmada y luego soltó una risa amarga.
—¿Dignidad? —repitió burlona—. Usted hablando de eso. No olvide que su hija y su nieto siguen en mi casa.
Cada palabra suya era como un cuchillo.
—Si no paras, vas a perderlo todo.
Dijo eso y se subió al carro, dejando el fajo de billetes en la entrada como si fuera una cachetada. Me quedé mirando cómo el Mercedes se alejaba, sin enojo ya, solo con la certeza de algo: ahora me tenían miedo.
Al mediodía, el teléfono sonó con la voz de Benigno Salvatierra, mi antiguo contador, bajita, pero emocionada.
—Hice justo lo que pidió. Se detuvo la compra del terreno en Querétaro por parte del grupo Rascón. Están revisando los documentos.
Del otro lado escuché a Belisario gritar, su voz llena de furia. Benigno bajó más la voz.
—Su abogado se quedó callado cuando mencioné el archivo Ceballos.
Sonreí por primera vez en el día.
—Gracias, Benigno.
Ese nombre, que había escondido tanto tiempo, ahora empezaba a resquebrajar el poder de los Rascón.
Ya por la tarde, Crisanta llamó llorando.
—Mamá, mi suegro está rompiendo cosas. Belisario está gritando. Dicen que estás destruyendo mi familia, mamá.
Escuché cosas estrellándose y luego el grito de Belisario:
—¡Vieja loca!
Se me encogió el alma, pero respondí con voz calmada:
—Abraza fuerte a Iker. Confía en mí.
Ella murmuró:
—Mamá, tengo miedo.
Apreté el teléfono.
—Te juro que no dejaré que nadie te lastime a ti ni a Iker.
Después de colgar, me quedé sentada con la cara entre las manos, dudando si estaba metiendo a mi hija en la boca del lobo. Ya de noche, viendo la tele, una noticia relámpago apareció: “Acciones de Rascón Consorcio bajan levemente sin causa aparente”.