Supe que apenas era el comienzo. El miedo de los Rascón ya no era solo un presentimiento. Se veía en los números, en su silencio tembloroso.
Fui por agua, pero el corazón seguía pesado. Pensaba en Crisanta, en Iker, y me preguntaba si valía la pena desenterrar la verdad si con eso hería a los que más quería.
Hace seis meses estaba en el jardín de la mansión Rascón, entre lucecitas y música, celebrando el séptimo cumpleaños de Iker. Globos de superhéroes volaban en el aire. Los niños reían alrededor de una mesa con mantel blanco. Yo traía un vestido azul sencillo, sentada en una esquina tratando de contagiarme de la alegría, aunque por dentro estaba cargada.
Crisanta iba de aquí para allá, agotada pero feliz al ver a su hijo soplar las velas. Había pasado la semana entera horneando un pastel de Spider-Man para Iker. Sentí orgullo y tristeza a la vez, porque sabía que nadie en esa familia valoraba lo que hacía mi hija.
Y entonces pasó.
Al llevar el pastel, Crisanta tropezó tantito y un poco de crema cayó sobre el mármol blanco. Solo eso. Doña Eulogía se levantó como loca, los ojos se le salían.
—¿Qué hiciste? —su grito ahogó la música—. ¡Es mármol italiano! ¿Sabes lo difícil que es limpiarlo?
Todo el jardín se quedó mudo y todas las miradas apuntaron a mi hija. Crisanta se puso roja, balbuceando:
—Perdón, fue sin querer…
Doña Eulogía se cruzó de brazos con una sonrisita burlona.
—No lo hiciste a propósito. Siempre eres tan inútil.
Volteé hacia Belisario esperando que saliera en defensa de su esposa, pero él solo se cruzó de brazos con cara de piedra.
—¿Qué haces ahí parada? —soltó seco—. Ve por un trapo, ya.
Crisanta agachó la cabeza, con los hombros encogidos por los nervios, y salió corriendo a la cocina. Me quedé como estatua frente a casi veinte personas. Mi hija, la dueña del evento, terminó de rodillas en el piso, su vestido rosa clarito arrastrándose entre los mosaicos, limpiando con manos temblorosas una manchita de crema.
Esa imagen se me clavó en el alma. Mi Crisanta, la niña de los grandes sueños, rebajada a sirvienta en la fiesta de su propio hijo. Iker corrió hacia ella con los ojitos llenos de lágrimas.
—Mamá, ya no limpies…
Crisanta alzó la cara, forzando una sonrisa con los ojos empañados.
—No pasa nada, mi amor —le susurró.
Yo quería levantarla, gritarles a todos, pero la vergüenza me dejó clavada. Detrás de mí, la señora Nereida Cárdenas se cubrió la boca ahogando una risita.
—Clarito que no supo educarla.
Esa risita me desgarró por dentro. Algo se me rompió. Ya había aguantado de más: las miradas por encima del hombro, las frases venenosas, el silencio triste de Crisanta. Seguir callada era darle la espalda a mi hija y a mi nieto.
Me di la media vuelta y salí de la fiesta sin abrir la boca. Al pisar la banqueta con la noche encima, el pecho me pesaba, pero por dentro ya sabía qué tenía que hacer.
No pegué el ojo esa noche. Me senté en mi depa chiquito viendo una foto vieja de las dos.
—Perdón, hija —murmuré—. Dejé que esto se saliera de control.
Al amanecer, agarré lo poquito que tenía ahorrado y me subí a un camión rumbo a otro rumbo. Llegué al despacho de la licenciada Casilda Perpetua Román. Alzó la vista y preguntó en voz baja:
—¿Señora Benita?
Asentí y empecé a soltar todo: la fiesta de Iker, los años en que Crisanta fue tratada como si no valiera, las humillaciones de los Rascón. Se me quebró la voz.
—No busco venganza. Solo quiero justicia para mi hija.
La licenciada Casilda escuchó sin interrumpirme, con mirada firme pero llena de comprensión. Cuando terminé, dio unos golpecitos en la mesa con los dedos y me miró de frente.
—Señora Benita, ¿está dispuesta a llegar hasta el final? Este camino es pesado. Los Rascón tienen feria, tienen influencias y no se van a dejar ganar así nomás.
Pensé en Crisanta, en Iker, en esa carita confundida del niño viendo a su mamá en el suelo.
—Estoy lista —contesté con la voz firme, aunque el miedo seguía ahí.
La licenciada Casilda sonrió apenas y asintió.
—Perfecto. Vamos a empezar por donde ni se imaginan.