En la fiesta de ascenso de mi yerno: su padre me dijo: “Usted no puede sentarse con nosotros.” Su madre me lanzó un uniforme de sirvienta y dijo: “Póntelo y sírvenos la comida.” La mesa estalló en risas. Mi hija bajó la mirada, avergonzada. Yo me levanté y dije seis palabras que los dejaron paralizados.

Don Crisólogo me soltó:

—¿Y usted a qué se dedica, señora Benita?

Sonaba cortés, pero sus ojos eran fríos como si estuviera tasando algo. Le respondí que trabajaba en un taller de costura, aunque ahora solo medio tiempo porque cuido de mi familia. Doña Eulogía miró mis manos maltratadas y sonrió leve, con tono de caridad.

—Qué admirable.

En toda la noche me bombardearon con preguntas sobre mi familia y negocios, y con cada respuesta mía la distancia se hacía más grande. Cuando don Crisólogo quiso saber si alguien de los míos tenía empresa grande, negué con la cabeza y aun así traté de sonreír. Mi gente eran puras personas trabajadoras.

El día de la boda de Crisanta pensé que todo sería distinto. Fue en una iglesia enorme. Me senté en la primera fila, en la zona familiar, pero me sentía invisible. Ningún Rascón me dirigió la palabra, ni una mirada, ni un saludo. Crisanta lucía preciosa con su vestido blanco, pero al verme solo me sonrió incómoda.

—Mamá, perdón, estoy a las carreras —me dijo al intentar abrazarla.

Y en eso Belisario se la llevó para las fotos con sus socios. Me quedé parada, rodeada de desconocidos, sintiéndome fuera de lugar.

Luego de la boda, Crisanta empezó a visitarme menos y a llamarme poco. Al inicio todavía decía excusas.

—Mamá, ando full. La familia de Belisario arma reuniones a cada rato.

Pero con el tiempo solo mandaba mensajes cortos.

—Solo llamo para decir que estoy bien.

Me quise convencer de que estaba adaptándose a su nueva vida. Una vez le preparé mole, su platillo favorito. La llamé con ilusión.

—Vente a comer, ya está listo.

Crisanta se rió al teléfono.

—Ahorita llego.

Puse la mesa, hasta compré su refresco favorito, pero una hora más tarde volvió a marcar, bajando la voz.

—Mamá, perdóname. La mamá de Belisario me invitó a ir de compras. No pude decir que no.

Le noté el nerviosismo, pero solo le dije:

—No te preocupes, hija.

Al colgar, me quedé mirando cómo el mole se enfriaba con un nudo en el pecho.

Cuando supe que esperaba a Iker, lloré de emoción. Le tejí unos calcetincitos de lana, cada puntada con una oración. Cuando los llevé a la casa Rascón se los di con timidez.