El licenciado Mallorca revisó las hojas a toda prisa. Luego suspiró y las empujó hacia don Crisólogo.
—Firme —le indicó en tono seco—, o lo perdemos todo.
Don Crisólogo me lanzó una mirada cargada de rencor, pero agarró la pluma y firmó. Cada trazo, tembloroso. Doña Eulogía y Belisario también estamparon su firma sin rechistar.
Volví a tomar la mano de Crisanta, sintiendo su calor, y supe que habíamos ganado. No por dinero ni por influencia, sino por la verdad.
Al salir del despacho, Crisanta y yo nos encontramos con el sol radiante de México.
—Mamá —me dijo aliviada—, lo logramos, ¿cierto?
La abracé y le susurré:
—Sí, hija, lo logramos. Y nunca más volveremos a agachar la cabeza.
Sentí alivio, pero también una mezcla de emociones que me apretaban el pecho: felicidad y el dolor de todo lo perdido en el camino. La justicia ya estaba sobre la mesa y entendía que desde ese momento nuestras vidas tomarían otro rumbo.
Eres una mujer que se ha atrevido a defender su dignidad o la de alguien querido. Cuéntanos en los comentarios las historias de tu familia. Queremos escucharlas.
La firma fue cosa de minutos. En el despacho pequeño de la licenciada Casilda, las manos temblorosas de los Rascón sellaron el cierre de una larga pelea.
A Crisanta le dieron la custodia completa de Iker, junto con un fideicomiso que cubriría su futuro hasta los dieciocho años y una cantidad suficiente para que pudiera arrancar una nueva vida por su cuenta. Cuando Casilda le pasó los papeles, los ojos de mi hija brillaron no por el dinero, sino por la sensación de libertad.