—Me atreví, Belisario —soltó con la voz temblorosa, pero decidida—. Lo hice por mi hijo. Le estoy enseñando a Iker que su mamá jamás volverá a dejar que la humillen.
Belisario se quedó congelado, con la cara encendida, sin poder decir ni una sola palabra.
Debajo de la mesa le apreté la mano a Crisanta, rebozando orgullo.
El licenciado Mallorca, al revisar los documentos, se puso blanco como papel. Se giró hacia don Crisólogo y le habló en voz baja, pero lo bastante fuerte para que yo escuchara:
—No tenemos cómo ganar. Ellas tienen todo.
Don Crisólogo, ese mismo arrogante que me llamó don nadie, ahora lucía diez años más viejo. Me volteó a ver con la voz ronca.
—¿Qué quiere, Benita?
Por primera vez me llamó por mi nombre. No señora ni vieja.
Entonces hablé tranquila, pero con palabras que cortaban como cuchilla.
—Cuando me preguntó “¿Quién es usted?” en la fiesta, no respondí —dije mirando de frente a don Crisólogo, luego a doña Eulogía y al final a Belisario—. Ahora se lo voy a explicar.
Nadie se atrevía a respirar.
—Las seis palabras que solté en la fiesta, “Belisario Rascón no es el propietario”, no fueron un arrebato. Fueron un mecanismo legal claramente definido en el contrato original. Establece que si el heredero legítimo del socio fundador, o sea yo, niega públicamente la titularidad de la sede actual frente a un representante legal de la empresa, que es el licenciado Mallorca, aquí presente, se congelarán todas las operaciones para una auditoría completa.
Hice una pausa, dejando que cada frase hiciera efecto.
—Ustedes mismos convirtieron su fiesta en un juicio.
La sala se llenó de un silencio denso como tormenta a punto de estallar. Doña Eulogía se cubrió la boca con los ojos desorbitados del susto. Belisario se dejó caer en la silla repitiendo por lo bajo:
—No puede ser…
Don Crisólogo me veía entre furioso y vencido.
—Usted planeó esto desde el principio —murmuró con voz quebrada.
No dije nada. Solo le sonreí apenas. Finalmente entendieron que no era una anciana trastornada, sino alguien que supo esperar, con cada paso pensado al milímetro.
Casilda deslizó las condiciones finales sobre la mesa, una pila delgada de hojas que pesaban como una sentencia.
—Esto no se negocia —dijo firme—. Esto es para firmarse.