En la fiesta de ascenso de mi yerno: su padre me dijo: “Usted no puede sentarse con nosotros.” Su madre me lanzó un uniforme de sirvienta y dijo: “Póntelo y sírvenos la comida.” La mesa estalló en risas. Mi hija bajó la mirada, avergonzada. Yo me levanté y dije seis palabras que los dejaron paralizados.

—Mamá, tengo miedo de que me hagan algo.

Apreté el teléfono con rabia contenida.

—Te lo juro, hija. Nadie va a tocarte. Confía en mí.

Colgué y me dejé caer en la silla con las manos temblorosas. Estaba haciendo trizas a los Rascón por dentro, pero no dejaba de preguntarme si no estaba jugando con fuego.

Más tarde, Crisanta me contó que la bronca en la casa de los Rascón duró horas. Por primera vez la imagen de familia intachable se vino abajo. Belisario quiso meter paz, pero don Crisólogo lo apartó.

—Tú también —tronó como trueno—. Eres el director y dejas que tu mamá te vea la cara así de fácil. Son una bola de inútiles.

Doña Eulogía, según Crisanta, no abrió la boca. Solo se quedó sentada, blanca como papel. Me la imaginé, tan altiva siempre, ahora tragándose la furia de su marido.

Estaban tan metidos en su propia desgracia que se olvidaron de seguir atacando a Crisanta. La amenaza por la custodia de Iker se desvaneció en el mismo momento en que su propio mundo se venía abajo.

Esa noche me quedé en mi departamento mirando por la ventana, donde la luz tenue del poste alumbraba las paredes descarapeladas. No sentía que hubiera ganado, solo un cansancio que me calaba hasta los huesos. Había logrado estremecer a los Rascón, pero ¿cuál había sido el costo? Crisanta estaba paralizada del miedo y claramente no alcanzaba a comprender del todo lo que yo estaba haciendo.

“Solo un paso más”, me repetí en voz baja. “Un paso más y vas a ser libre”.

Pero por dentro aún temía que la verdad que estaba sacando a la luz no solo destrozara a esa familia, sino también lastimara a quienes más quería.

Cerré los ojos y recé, deseando que Casilda tuviera razón, que este fuera el instante para seguir adelante y no para dar marcha atrás.

La casa Rascón era un caos total, y supe que tenía la oportunidad perfecta para acercar a Crisanta. No podía dejar que siguiera atrapada entre el miedo y esa esperanza que apenas se sostenía.

Esa mañana, con los primeros rayos del sol entrando por la ventana de mi departamentito, tomé el teléfono y la marqué.

—Crisanta —le hablé con un tono suave, pero firme—. ¿Podrías verme un momento? Solo será rápido. En el café El Jarocho, donde íbamos antes.

Al otro lado de la línea hubo un silencio largo y luego su voz bajita, pero clara:

—Sí, mamá. Voy.

Colgué con el corazón en vilo, entre la ilusión y la angustia. ¿Tendría el coraje de presentarse o seguiría inmovilizada por el temor que le tenían a los Rascón?

Una hora más tarde ya estaba en El Jarocho, sentada en un rincón apartado tras un cactus chiquito, en la misma mesa donde solíamos desayunar cuando ella era una niña con trencitas. Y ahí apareció, con gorra y lentes oscuros, como si no quisiera que nadie la reconociera. Estaba pálida y con ojeras marcadas, pero al quitarse los lentes vi algo nuevo en su mirada: un brillo decidido, muy distinto al pánico de la llamada anterior.

—Mamá —dijo con un hilo de voz, y se sentó entrelazando los dedos sobre la mesa.

Antes de que pidiera algo, Crisanta tomó mi mano y la apretó con fuerza, como si temiera que me desvaneciera.