Tenía claro que los Rascón no iban a detenerse. Ya habían contratado a Héctor Larios, un detective privado con fama de escarbar el pasado, pero no me preocupaba lo que pudiera descubrir porque yo no tenía nada que esconder. Lo que sí me quitaba el sueño era que siguieran lastimando a Crisanta, y me repetí que tenía que moverme más rápido y con más precisión. Esto no era solo por justicia. Era por proteger a los míos. No les iba a dar el gusto de ganar.
Esa noche no pude dormir ni un minuto. La amenaza de Belisario me apretaba el pecho. El miedo me hacía difícil hasta respirar. Tuvieron el descaro de usar a Iker para chantajear a Crisanta, y solo de pensar que ella pudiera perder a su hijo me daban escalofríos.
En ese depa chiquito, la luz amarilla alumbraba una foto vieja de Crisanta con Iker, dos sonrisas que no veía desde hacía mucho.
“¿Me estaré pasando?”, susurré en voz baja. “¿De qué sirve la verdad si el precio es romper a mi familia?”
En cuanto amaneció, agarré el celular y marqué a la licenciada Casilda, mi voz quebrándose como nunca.
—Casilda, creo que la regué. Están usando al niño, a Iker, para presionar. No puedo permitir que le quiten a mi hija a su hijo.
Del otro lado hubo silencio. Luego escuché su voz firme.
—Benita, este es el momento de no echarse para atrás. Si ya metieron al niño es porque están desesperados. Dame veinticuatro horas.
No tenía ni idea de qué haría, pero me aferré a esa seguridad.
—Está bien —murmuré.
Al colgar me quedé sentada sin decir nada, con las manos cubriéndome el rostro, obligándome a creer, porque si no me iba a venir abajo.
A mediodía sonó el teléfono y la voz de Benigno Salvatierra se escuchó emocionada.
—Doña Benita, ya lo tengo —dijo casi gritando—. Un chanchullo enorme.
Apreté el teléfono con fuerza, el corazón a mil.
—Dime, Benigno. ¿Qué encontraste?
Respiró hondo y bajó la voz, como si temiera que alguien más oyera.
—Durante los últimos quince años, una lana bastante grande, etiquetada como gastos de consultoría, ha salido seguido del consorcio Rascón hacia una tal Inmobiliaria Solórzano. Esa empresa no tiene negocios reales. Solo es dueña de tres departamentos de lujo en Polanco y una casa en Acapulco.
Fruncí el ceño sin entender del todo.
—¿Y qué tiene de raro?
Benigno soltó una risa de esas que huelen a victoria.
—Solórzano es el apellido de soltera de doña Eulogía. Ha estado robándole a su marido por debajo del agua durante quince años. Y don Crisólogo, con lo machito que se cree y su exceso de confianza, ni por enterado.
Me quedé helada, como si me hubiera pegado un rayo. Doña Eulogía, la mujer que siempre me había visto por encima del hombro y que en su momento me lanzó un uniforme de sirvienta, terminó siendo la que traicionaba a su propio marido.
—¿Estás seguro, Benigno? —pregunté con la voz entrecortada.
—Segurísimo, doña Benita. Tengo los movimientos bancarios, escrituras, todo está claro. Este es su punto débil.
Colgué y me dejé caer en la silla, sintiendo una mezcla de desahogo y rabia. Los Rascón querían hundirme con chismes de que era una madre desobligada, pero ellos mismos habían levantado su imperio sobre mentiras.
Cerré los ojos y murmuré:
—Gracias, Diosito, por abrirme los ojos.
Casilda actuó sin perder tiempo. En lugar de mandar una notificación legal como cualquier abogada, armó un paquete anónimo con copias de los movimientos de dinero y las escrituras de Inmobiliaria Solórzano. Lo mandó por mensajería privada, dirigido específicamente a “Personal para don Crisólogo Rascón Vizcarra. Completamente confidencial”.
—No hace falta que lo firmemos —dijo Casilda cuando fui a su despacho a revisar—. Con que él lo lea, solito va a hacer pedazos a su familia.
Me quedé viéndola, admirando su inteligencia sin decir palabra.
—¿Estás segura de que va a reaccionar? —pregunté.
Casilda sonrió con una chispa en la mirada.
—Benita, hombres como don Crisólogo viven del honor y del control. Cuando se entere que su mujer le puso el cuerno, no va a perdonarla.
Asentí, pero por dentro me seguía carcomiendo la duda. Si este plan salía mal, los Rascón volverían a ir contra Crisanta, y eso no lo podía permitir.
Esa tarde, Crisanta me marcó. Su voz, apenas un susurro lleno de miedo.
—Mamá, casi llorando… nunca había visto tan furioso a mi suegro. Le llegó un sobre y después de leerlo aventó el jarrón viejo que estaba en la mesa. Le gritó a mi suegra: “¿Qué porquería son estas, Eulogía? ¿Qué fregados es esto de Solórzano?”.
Escuché los ruidos de cosas rompiéndose y gritos al fondo. Mi corazón se me salía del pecho.
—Tranquila, Crisanta —le dije, tratando de sonar firme—. Quédate con Iker, ¿sí?
Ella sollozó.