En la fiesta de ascenso de mi yerno: su padre me dijo: “Usted no puede sentarse con nosotros.” Su madre me lanzó un uniforme de sirvienta y dijo: “Póntelo y sírvenos la comida.” La mesa estalló en risas. Mi hija bajó la mirada, avergonzada. Yo me levanté y dije seis palabras que los dejaron paralizados.

Crisanta me contó después, con la voz hecha trizas:

—Mamá, me hicieron sentir que si seguía contigo estaba traicionando a Iker.

Afuera de la mansión, los chismes ya corrían por toda la crema y nata. Nereida Cárdenas, la que se había reído de mí en aquella fiesta, iba de reunión en reunión murmurando entre dientes:

—La suegra de Belisario está mal de la cabeza. Hasta abandonó a su hija cuando era niña.

Selma Cuéllar, pariente lejana de los Rascón, se sumó a la maledicencia.

—Pobre Crisanta. Se casó con un adinerado, pero le tocó cargar con una madre así.

Supe de esos comentarios por una amiga de toda la vida, y cada palabra se me clavaba como navaja. No bastaba con hacerme pedazos a mí. También querían separar a Crisanta, hacerla sentir sola, sin salida.

Caminaba de un lado a otro en mi departamento, con el corazón apachurrado. Me acordé de cuando Crisanta era chiquita, de las veces que tuve que partirme el lomo para comprarle unos zapatos decentes. Doña Elodia, mi vecina, era la única persona en la que confiaba para que cuidara a mi niña en las noches que me tocaba turno.

—Benita, tú no te mortifiques —me decía, abrazando a Crisanta—. Si parece mi nieta.

A Crisanta nunca le faltó amor, pero ahora querían convertir esos recuerdos en culpa.

Tenía ganas de gritar, de ir a encarar a los Rascón, pero sabía que eso solo empeoraría todo. Ya en la tarde, me fui al parque de la vuelta. Me senté en una banca de madera, buscando un poco de respiro. Una señora grande que vendía tamales pasó por ahí. Me echó un ojo y sonrió.

—Señita, anímese con uno. Están calientitos.

—Gracias —le dije que no con la cabeza.

Pero se detuvo y me clavó la mirada.

—Trae alguna pena. Su cara parece que va a llorar.

Le sonreí apenas, intentando disimular.

—Sí, estoy bien. Gracias.

Pero se sentó a mi lado sin que se lo pidiera.

—Ya tengo sesenta años —dijo con voz profunda—, y sé cuándo una madre está sufriendo por su hijo. No te dejes vencer, ¿me escuchas?

Sus palabras fueron como una chispa en la oscuridad. Le compré un tamal, le di las gracias y regresé a casa con el alma un poquito menos pesada.

Esa noche volví a marcarle a Crisanta. Mi voz, tranquila pero firme.

—Hija, sé que estás asustada, pero te juro que no voy a dejar que te quiten a Iker. Sé valiente por él y por ti.

Ella se quedó callada. Luego murmuró:

—Mamá, voy a intentarlo. Pero cuídate.

Sonreí entre lágrimas.

—Claro que sí, hija. Te lo prometo.