En la fiesta de ascenso de mi yerno: su padre me dijo: “Usted no puede sentarse con nosotros.” Su madre me lanzó un uniforme de sirvienta y dijo: “Póntelo y sírvenos la comida.” La mesa estalló en risas. Mi hija bajó la mirada, avergonzada. Yo me levanté y dije seis palabras que los dejaron paralizados.

Adentro había papeles viejos, los años en los que tuve que tener dos trabajos al mismo tiempo y dejaba a mi hija encargada con los vecinos.

—¡Tu mamá te abandonó! —gritó con esa falsa moral de siempre—. Si vamos a juicio, van a decir que ella está desequilibrada y tú tampoco sirves como madre.

Apreté el teléfono entendiendo algo: esta vez no solo me querían destruir a mí. Querían arrebatarle a su hijo a mi hija.

Me dejé caer en la silla sintiendo cómo se me helaba la sangre. No solo estaban difamando, estaban amenazando con quitarle la custodia de Iker a Crisanta, usando a mi nieto como herramienta para aplastarnos.

—Mamá, soy yo… —Crisanta—. Belisario dijo que si no te convenzo de parar va a pedir el divorcio y peleará por quedarse con Iker. Que el juez le va a creer porque yo no tengo trabajo ni un peso.

Escuché cómo se quebraba mi hija y, por primera vez desde que inicié todo esto, un escalofrío me recorrió.

—Mamá, ¿y si ya no seguimos? —susurró casi sin voz—. Aguanto lo que sea, menos perder a Iker.

Colgué con las manos temblorosas, la cabeza hecha un caos. Por mi culpa, Crisanta estaba en peligro. Todos mis años de chinga, de batallar para sacarla adelante, ahora eran usados como si fueran prueba de que fui una mala madre.

Me quedé sentada en la oscuridad mirando la foto de Crisanta e Iker sobre la mesa, preguntándome: “¿Me equivoqué al desenterrar todo? ¿Vale la pena buscar justicia si eso significa que mi hija pierda a su niño?”

Esa noche no pegué un ojo. Solo me quedé abrazando la foto, las lágrimas corriendo por mis mejillas.

—Perdóname, hija —murmuré—. Yo solo quería protegerte.

A la mañana siguiente marqué a la licenciada Casilda con la voz hecha pedazos por la angustia.

—Casilda, creo que metí la pata —solté sin poder esconder el terror que me comía por dentro—. Están usando a Iker para presionar a Crisanta. No puedo permitir que mi hija pierda a su hijo.

Casilda se quedó callada unos segundos y luego contestó con un tono duro como el concreto.

—Benita, justo ahora es cuando no debes flaquear. Si se agarran del niño es porque ya no tienen cómo sostenerse legalmente. Confía en mí. Yo me encargo.

Asentí, aunque no pudiera verme, y colgué con el alma aún apretada. Quería confiar en Casilda, pero la imagen de Crisanta llorando al teléfono no se me iba de la cabeza.

Mientras tanto, los Rascón seguían con su embestida.

Doña Eulogía y su hermana, doña Leontina, se aparecieron al día siguiente en casa de Crisanta. Se sentaron en la sala principal de la mansión y doña Eulogía soltó con una voz cargada de falsa tristeza:

—Ya viste lo que causó tu madre, Crisanta.

Llevándose la mano al pecho como si se le partiera el alma, siguió:

—Está arruinando el futuro de Iker y echando por la borda el buen nombre de nuestra familia. Tienes que decidir: o estás con nosotros o permites que tu madre nos hunda a todos en el lodo.

Doña Leontina habló con tono helado.

—Eres la mamá de Iker, pero si no logras ponerle un alto a tu madre, nosotras vamos a tener que cuidar al niño como mejor podamos.