[música]
¿Cómo están los niños? Pregunté.
confundidos, admitió Rebeca con voz quebrada. Sofía me preguntó ayer por qué estábamos empacando todas sus cosas. No sé cómo explicarle que su abuelo nos dejó en bancarrota.
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Su abuelo no los dejó en bancarrota. corregí firmemente. [música] Su abuelo les dio exactamente lo que ustedes se ganaron con su comportamiento hacia nosotros durante años.
El silencio al otro lado de la línea fue largo.
Finalmente, [música] Diego habló. Mamá, sabemos que te tratamos mal. Sabemos que no fuimos los hijos que merecías, [música] pero por favor ayúdanos, no por nosotros, sino por tus [música] nietos.
Era exactamente lo que Roberto había predicho. Mis hijos, [música] enfrentados con la pérdida real, finalmente estaban aprendiendo a ser humildes. Pero, ¿era sincero el arrepentimiento o era solo desesperación? [música]
“Vengan a Costa Rica”, decidí después de un momento de reflexión. [música] “Si realmente quieren hablar, vengan aquí. Quiero verlos a los ojos cuando me pidan perdón.”
“Costa Rica, [música] preguntó Rebeca confundida. ¿Por qué estás ahí? ¿Qué hay en Costa Rica?”
Mi nueva vida”, respondí simplemente. Si quieren ser parte de ella, vengan a conocerla.
Dos días después, [música] Moisés me informó que Rebeca y Diego habían comprado boletos de avión con los últimos ahorros que les quedaban. Vendrían con [música] sus familias, sus cónyuges y mis cuatro nietos en el último intento desesperado de salvar su situación financiera. [música]
La noche antes de su llegada no pude dormir. Caminé por los jardines de la mansión bajo la luz de la luna, reflexionando sobre el encuentro que se avecinaba. Durante 45 años había sido la madre que daba todo sin recibir reconocimiento. Ahora tendría que decidir si estaba dispuesta a dar una segunda oportunidad a hijos que nunca habían valorado mis sacrificios.
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¿Está nerviosa? me preguntó Aurelia cuando me encontró en la cocina a las 5 de la mañana preparando café. [música]