—Si esto sale mal, tú sigues siendo Alejandro Villaseñor y yo me quedo sin trabajo y sin dignidad.
Él quiso arreglarlo como siempre sabía hacerlo, ofreciéndole otro puesto, mejores condiciones, “algo más justo”. Camila explotó.
—¿Ves? Otra vez quieres resolver todo con dinero. Yo no quiero que me subas de puesto como si me estuvieras salvando. Quiero que entiendas que mi trabajo vale.
Alejandro guardó silencio. Por primera vez en años, alguien le decía no sin miedo.
Y por primera vez, él escuchó de verdad.
—Tienes razón —dijo al fin—. Perdón. No te quiero encima de un pedestal. Te quiero a mi lado.
Ese fue el verdadero principio.
Pasaron cuatro meses. Alejandro conoció la rutina de aquella casa. La tos de doña Refugio en madrugadas frías. Las risas de Nico cuando algo le emocionaba. La forma en que Camila remendaba la vida entera con agujas invisibles. Y Camila conoció a un Alejandro distinto del que aparecía en revistas: un hombre cansado de la superficialidad, torpe a veces para demostrar cariño, pero profundamente sincero.
Una tarde de lluvia fuerte, el agua se coló por una parte del techo y mojó la mitad del colchón. Nico trató de salvar los libros, doña Refugio casi se cae moviendo un balde y Camila, empapada, seguía sosteniendo una lona desde adentro como si pudiera detener el cielo con las manos.
Alejandro llegó justo en medio del caos.
No dijo “ya ven”. No puso cara de horror. Se quitó el saco, cargó cubetas, subió a reforzar la lámina con unos vecinos y pasó tres horas bajo la tormenta hasta que la casa dejó de gotear.
Esa noche, sentados los cuatro alrededor de un café recalentado, Alejandro habló.
—No voy a regalarte nada —dijo, mirando a Camila directamente—. Porque sé que no lo aceptarías. Pero sí quiero proponerte algo.