Ella guardaba las cajas vacías del trabajo y nadie sabía por qué… el Millonario la siguió un día y…

Hubo un silencio largo.

—No necesito que me rescaten —contestó ella.

—Lo sé. Y si intento hacerlo, me mandas al diablo.

Camila casi sonrió, pero se contuvo.

Alejandro respiró hondo.

—Solo quiero conocerte. Sin el edificio, sin el uniforme, sin el apellido.

Ella lo miró como si tratara de descubrir la trampa.

—¿Y por qué?

Él tardó un instante en responder.

—Porque en tu casa vi más verdad que en todas mis cenas de negocios juntas. Y porque no he dejado de pensar en ti.

Aquello sí la dejó sin defensa por un segundo.

No aceptó de inmediato. No se lanzó a sus brazos. No creyó en cuentos. Pero le dio una oportunidad.

Y así comenzaron los sábados.

Alejandro empezó a acompañar a Camila y a Nico a la biblioteca pública del centro. Al principio, Nico era el único realmente cómodo. Hablaba sin parar, le enseñaba los libros que le gustaban, le explicaba por qué los dinosaurios seguían siendo superiores a casi todo. Alejandro escuchaba con paciencia genuina. Camila, desde cierta distancia, observaba.

Le sorprendió descubrir que él de verdad amaba los libros. Le sorprendió más que no tratara de impresionar a nadie. Se sentaba en sillas de plástico, comía tortas en puestos callejeros, cargaba la mochila de Nico, saludaba a doña Refugio con un respeto que parecía de otro tiempo.

Poco a poco, la desconfianza se volvió conversación. La conversación, costumbre. Y la costumbre, algo más peligroso: esperanza.

Pero el mundo no iba a dejarlos en paz tan fácilmente.

En la empresa empezaron los rumores. Que si Camila se estaba aprovechando. Que si seguro quería “atrapar” al patrón. Que si esas historias nunca terminaban bien para mujeres como ella. Verónica, una compañera que antes se burlaba de las cajas, se lo dijo de frente:

—Los hombres como ese no miran para abajo por amor, Camila. Miran por capricho.

Aquella noche, Camila se lo escupió a Alejandro sin adornos.