—Buenos días —dijo él.
—Buenos días, señor…
—Montoya. Ezequiel Montoya.
—Yo soy Lucía —contestó ella. No dio apellido.
Antes de que pudieran decir más, salió del granero una niña de unos nueve años, con dos trenzas mal hechas y una expresión demasiado seria para su edad.
—Señorita Lucía —dijo—. Toñito volvió a toser feo.
Lucía se puso de pie de inmediato y entró. Ezequiel escuchó una tos húmeda, débil, y una voz de mujer calmando como podía el miedo. La niña se quedó mirando a Ezequiel con desconfianza.
—Me llamo Sarita —dijo—. Él es Toñito. También están Beto y la niña Chabela.
—¿De dónde vienen?
Sarita bajó los ojos un segundo y luego habló como quien repite una desgracia tantas veces que ya no le tiembla la boca:
—Del asentamiento de La Herradura. Nos cayó una fiebre. Se murieron todos.
Ezequiel sintió que el café se le volvía piedra en la mano.
Lucía salió cargando al niño más pequeño. Ardía de fiebre. Detrás de ella venían un niño de seis años y una niñita de cuatro, ambos en silencio, ambos con esa manera de caminar que tienen los niños cansados de pasar miedo.
—Yo trabajaba en la fonda del pueblo —explicó Lucía, apretando a Toñito contra el pecho—. Cuando murieron los grandes, no podía dejarlos ahí. Íbamos rumbo al orfanato territorial en Santa Rosalía, pero el frío nos alcanzó, se nos acabó la comida y… ya ve.
Luego levantó la barbilla.
—Puedo trabajar, señor Montoya. Cocino, remiendo, llevo cuentas, limpio, recojo, hago lo que haga falta. No le pido limosna. Le pido oportunidad. Déjenos pasar el invierno y me gano cada tortilla.
Ezequiel miró su rancho como si lo viera por primera vez. El corral vencido. El techo de la casa con filtraciones. La leña escasa. La despensa temblando en los estantes. No alcanzaba ni para él.
—No puedo mantenerlos —dijo con honestidad amarga—. Apenas y me alcanza para llegar vivo a enero.
Entonces Sarita dio un paso al frente. Abrió las manos con cuidado, como si llevara algo sagrado.
Tres huevos.
—Los encontré en un nido en las vigas del granero —dijo—. Para el desayuno. Para darle las gracias por el heno.
Ezequiel se quedó mirando esos tres huevos tibios en las palmas de una niña huérfana que, en lugar de pedir más, ofrecía lo poco que había encontrado.
—Quédense hoy en el granero —dijo, casi sin darse cuenta de que ya había tomado la decisión—. A mediodía les traigo comida. Necesito pensar.
A mediodía regresó con pan y carne fría.
Lo que encontró ya no parecía su granero.
Lucía había ordenado las herramientas, apartado un rincón limpio para dormir, despejado un pequeño círculo de tierra donde tenía un fuego controlado entre piedras. En una olla vieja hervía una sopa hecha con un conejo, cebollas silvestres y agua del arroyo. Los niños comían en silencio, pero ya no con la expresión de animales asustados, sino con la atención humilde de quienes agradecen cada cucharada.
Ese olor lo golpeó de lleno.
No olía a refugio.
Olía a hogar.
—Podemos irnos mañana —dijo Lucía al verlo entrar—. Entiendo la escasez, señor Montoya.
Ezequiel miró a Toñito apoyado contra la falda de ella, tosiendo. A Sarita ayudando a la pequeña Chabela a sostener la cuchara. Al niño Beto enseñándole a hacer una trampa con cuerda a un gallito flaco que ni siquiera era suyo.