EL PADRE LA DEJÓ con ÁRBOLES SECOS… AÑOS DESPUÉS HERMANOS IMPLORARON que les ENSEÑARA…

El alba apenas despuntaba cuando Elena se puso en marcha hacia su terreno. Llevaba un viejo morral con herramientas básicas, una pequeña pala, unas tijeras de podar oxidadas que encontró en el cobertizo, una cantimplora llena de agua y un cuaderno para tomar notas. No sabía nada de agricultura, pero estaba decidida a aprender. Al llegar a la parcela, encontró a don Sebastián esperándola. El anciano había traído consigo un par de libros antiguos y una caja de madera que contenía extrañas herramientas.

Buenos días, muchacha. Veo que vas en serio, dijo con aprobación al ver su equipo improvisado. Nunca he ido más en serio en toda mi vida, respondió Elena dejando su morral en el suelo. ¿Por dónde empezamos? Don Sebastián sonríó. Le gustaba esa determinación. Por el principio, entender qué tenemos aquí. Durante las siguientes horas, el anciano le enseñó a examinar los árboles. Con manos expertas, le mostró cómo raspar delicadamente la corteza para comprobar la vitalidad del cambium, esa fina capa verdosa bajo la superficie.

“Mira”, explicó mostrándole un corte en una rama. Este árbol no está muerto, está dormido. Se protegió de la sequía entrando en un estado de latencia profunda. Elena tomaba notas frenéticamente. Y puedo despertarlos. Podemos intentarlo, pero no será fácil ni rápido, advirtió el anciano. Necesitarán riego constante, poda de recuperación y mucha paciencia. La primera tarea fue examinar cada uno de los 22 árboles. 16 mostraban signos claros de vida latente, cuatro estaban en estado crítico y dos habían muerto irremediablemente.

No está mal, concluyó don Sebastián. Tu padre plantó buenas variedades, pero cometió el error de no adaptarlas bien al terreno. Las plantó y esperó que crecieran solas, como si la naturaleza fuera una criada a su servicio. Mientras hablaba, Elena notó algo peculiar en el suelo, cerca de uno de los árboles. ¿Qué es esto?, preguntó señalando una pequeña área donde la tierra parecía hundida. Don Sebastián se agachó con dificultad y palpó el terreno. Interesante, murmuró. Ayúdame a acabar aquí.

Con la pequeña pala, Elena comenzó a remover la tierra. No había acabado ni medio metro cuando el metal chocó contra algo sólido. Sigue, la animó el anciano. Tras varios minutos de esfuerzo, descubrieron una estructura de piedra circular. Un pozo exclamó Elena sorprendida. Más bien una antigua noria árabe”, corrigió don Sebastián. Esta zona fue famosa por sus sistemas de riego moriscos. Probablemente tiene siglos de antigüedad y ha quedado sepultada con el tiempo. Con renovado entusiasmo continuaron excavando hasta desenterrar parte de la estructura.

Era un pozo de unos 2 m de diámetro revestido con piedras perfectamente encajadas. ¿Crees que tendrá agua? preguntó Elena con el corazón acelerado. Solo hay una forma de saberlo. Con la ayuda de una cuerda y un cubo que don Sebastián trajo de su casa, intentaron alcanzar el fondo del pozo. Para su asombro, a unos 5 metros de profundidad, escucharon el inconfundible sonido del agua. “Agua!”, gritó Elena, incapaz de contener su emoción. “Tenemos agua.” Y por el sonido, diría que es un buen caudal.