Cuando el sol comenzaba a descender, Elena se incorporó y miró a su alrededor con nuevos ojos. Este era su legado, por miserable que fuera. Podría venderlo por cuatro pesetas y marcharse o podría. se acercó de nuevo al manzano y casi por instinto rascó ligeramente la corteza con la uña. Bajo la superficie seca y grisácea apareció un tenue color verde. Sorprendida, sacó la navaja que llevaba en el bolsillo y raspó con más fuerza. El interior estaba húmedo, vivo.
Con el corazón acelerado, corrió a examinar otros árboles. Todos presentaban el mismo patrón. Muerte por fuera, vida por dentro. No están muertos. susurró con asombro. Solo están dormidos. En ese momento, escuchó un ruido a sus espaldas. Al volverse vio a un anciano apoyado en un bastón que la observaba desde la entrada. “Veo que por fin alguien visita este huerto abandonado”, dijo el hombre con voz cascada. “Es mi herencia”, respondió Elena insegura. ¿Quién es usted, Sebastián Morales para servirle?
Tengo la parcela vecina, aquella de allá. señaló con su bastón una pequeña casa a lo lejos. Conocí a tu padre. Un hombre terco como una mula. Plantó estos árboles y los abandonó al primer contratiempo. Elena se acercó al anciano. ¿Cree que podrían revivir? El viejo Sebastián la miró con curiosidad. ¿Sabes algo de árboles, muchacha? No, admitió Elena, pero puedo aprender. Una sonrisa arrugó aún más el rostro curtido del anciano. Estos árboles necesitan tres cosas: agua, cuidado y paciencia.