El Multimillonario finge dormir para probar a la sirvienta y se queda paralizado cuando ella…

—Empleada doméstica. En una casa grande, en San Pedro.

Carmen la observó un momento.

—Llévate el cabello recogido. Y no sonrías demasiado al principio. La gente rica desconfía de quienes parecen demasiado buenos desde el primer minuto.

Elena soltó una risita.

—Gracias, abuela.

—Y no firmes nada sin leerlo. ¿Cuánto pagan?

Cuando Elena dijo la cifra, Carmen se quedó callada unos segundos.

—Entonces ve… y quédate.

Elena apagó la luz del pasillo. Desde su cuarto escuchó el sonido rítmico del concentrador de oxígeno, ese rumor constante que había acompañado sus noches durante los últimos dos años. Había dejado la carrera de enfermería en tercer año, no por falta de vocación, sino porque alguien tenía que cuidar a Carmen. Los medicamentos costaban demasiado. El alquiler también. Ese salario podía cambiarles la vida.

A la mañana siguiente, la señora Herrera abrió la puerta de la mansión antes de que Elena terminara de tocar el timbre. Era una mujer delgada, impecable, con una mirada afilada que parecía clasificar personas en segundos.

—Elena Salgado —leyó en una hoja—. Nacida en Veracruz, seis años en Monterrey, español nativo, buen inglés, algo de portugués. Pase.

El recorrido por la casa fue breve y exacto. Cada habitación tenía reglas. El estudio del señor Cárdenas era zona restringida. Nada sobre el escritorio se tocaba jamás. La habitación del extremo norte de la segunda planta permanecía cerrada con llave.

—¿Por qué? —preguntó Elena casi sin pensar.

La señora Herrera se detuvo.

—Porque el señor Cárdenas así lo ha dispuesto. Y lleva tres años cerrado. No vuelva a preguntar.

El dato se quedó guardado en la cabeza de Elena, junto con otro que le inquietó más: los frascos de medicamentos sobre el escritorio. Ansiolíticos. Hipnóticos. Antidepresivos. Una combinación reconocible para cualquiera que hubiera pasado suficientes horas en hospitales.