No una sonrisa, no todavía no, pero sí el primer signo de que la tensión que le había endurecido la mandíbula empezaba a ceder. “Vamos”, dijo Ricardo. “Agarren sus cosas, se vienen conmigo.
” Sofía miró a su madre. Lupe miró a Ricardo y en la cara de Lupe cruzó algo que no era gratitud todavía, sino algo anterior a la gratitud, algo que se parecía al alivio de alguien que lleva meses conteniendo la respiración y que por fin, por fin suelta el aire.
Sofía fue la primera en moverse. Caminó hasta la pared del puente, agarró la bolsa de tela con los libros, el estuche de lápices, la bolsa con la ropa limpia. Dobló el plástico que protegía los cartones.
Guardó el peine de tres dientes en el bolsillo de su pantalón y recogió del piso una bolsa de plástico del súper que Ricardo no había visto antes. Una bolsa arrugada atada con un nudo que Sofía cargó con las dos manos y que apretó contra su cuerpo con el cuidado de alguien que carga algo más valioso que todo lo demás.
Ricardo no supo qué había en esa bolsa, no preguntó. Caminó hacia la camioneta con Mateo en un brazo y la bolsa de libros en el otro. Y detrás de él caminaron Lupe con Emiliano de la mano y Sofía al final cerrando la fila, mirando hacia atrás una última
vez para asegurarse de que no dejaban nada, porque los niños que han vivido con nada aprenden que nada se deja atrás. El camino de vuelta duró 40 minutos. 40 minutos.
en los que Ricardo manejó la camioneta por las mismas calles que Lupe recorría dos veces al día en camión, las calles sin pavimentar de la colonia Analco, después la calzada independencia, después el centro, después las avenidas arboladas del Poniente y con cada kilómetro que la camioneta avanzaba hacia puerta de hierro, el contraste se hacía más obsceno.
Las banquetas se iban arreglando, las fachadas se iban pintando, los árboles se iban multiplicando y el mundo se iba transformando en el mundo donde Ricardo vivía y que estaba a 40 minutos y a un universo entero de distancia del lugar donde Lupe dormía con sus hijos sobre cartones.
Lupe iba en el asiento del copiloto con Mateo, dormido en sus brazos y la mirada fija en el camino, sin hablar, con la postura de alguien que todavía no sabe si lo que está pasando es real o si va a despertar debajo del puente con el periódico pegado a la mejilla y el sonido del río sucio como despertador.
Atrás. Emiliano iba sentado con el cuaderno en las piernas y la cara pegada a la ventana, mirando las casas que pasaban con los ojos del tamaño de platos. Porque un niño de 5 años que duerme debajo de un puente no sabe que existen casas con jardín y cochera y bardas pintadas de blanco.
Y descubrirlo de golpe mientras la camioneta avanza a 60 km porh es como descubrir que el mundo es más grande y más injusto de lo que imaginabas. Y Sofía iba sentada detrás de Ricardo en silencio con la bolsa del súper en el regazo y las manos sobre la
bolsa y la mirada al frente, sin ver las casas, sin ver los jardines, sin ver nada de lo que Emiliano veía con asombro, porque Sofía tenía 7 años, pero la mirada de alguien que dejó de asombrarse con el mundo el día que un hombre tocó la puerta del cuarto donde vivían y les dijo que tenían 24 horas para salir.
¿Cuánto tiempo llevan viviendo ahí?”, preguntó Ricardo sin quitar los ojos del camino. Lupe no respondió. Apretó a Mateo contra su pecho y miró por la ventana. Y el silencio que dejó fue el silencio de una mujer que no sabe cómo decir lo que tiene que decir, porque decirlo en voz alta lo hace más real.
“Tres meses,” dijo Sofía desde el asiento de atrás. 87 días. Yo los cuento. Ricardo ajustó el espejo retrovisor para ver a la niña. ¿Los cuentas? Cada noche antes de dormir hago una raya en la pared del puente con una piedra, dijo Sofía con la naturalidad de alguien que
explica algo que hace todos los días, como lavarse los dientes o peinarse, excepto que lo que hacía todos los días era contar los días que llevaba viviendo en la calle.
Mi mamá no sabe. La hago cuando ella se duerme. Sofía dijo Lupe en voz baja sin voltearse. 87 rayas, mamá. 87 días durmiendo en cartones. El silencio que siguió. Ocupó la camioneta entera.