PARTE 2
El caos estalló en la calle de tierra. Los vecinos salieron de sus casas de lámina, aterrados, abrazando a sus hijos. Doña Elena, envuelta en un abrigo que costaba más que todas las viviendas de esa cuadra juntas, miraba a la gente con absoluto desprecio.
“¡Lárguense de mi propiedad! Son unos parásitos”, gritaba la madre de Santiago mientras 4 hombres corpulentos se acercaban a la casa de Lucía. Mateo, el niño de 8 años, salió corriendo asustado, sosteniendo 1 de los libros que su hermana le había conseguido. Uno de los matones lo empujó, haciéndolo caer al polvo. Lucía salió como una fiera, interponiéndose entre los hombres y su familia.
“¡No lo toque!”, gritó Lucía, con los ojos llenos de furia y lágrimas. “¿No tienen corazón? Mi abuela está conectada a un tanque de oxígeno adentro, no pueden echarnos así a la calle.”
Doña Elena rió con frialdad. “Ese no es mi problema, muchachita. Este terreno es de Corporativo Santa María. Si no sacan su basura ahora mismo, las máquinas lo harán por ustedes.”
Justo cuando uno de los hombres levantó un mazo para destrozar la pared donde Lucía había colocado las cajas de cartón, una voz potente y cargada de rabia retumbó en el callejón.
“¡Atrévete a tocar esa pared y te juro que no vuelves a trabajar en tu vida!”
Todos se congelaron. Santiago Ríos salió de las sombras, con los puños apretados y la mandíbula tensa. Caminó directamente hacia el matón y le arrebató el mazo de las manos, tirándolo al suelo. Doña Elena palideció al ver a su propio hijo, el presidente de la empresa, metido en aquel barrio marginal.
“¿Santiago? ¿Qué demonios haces tú en este basurero?”, reclamó su madre, tratando de mantener la compostura.
Santiago no la miró. Sus ojos estaban fijos en Lucía, quien lo observaba con una mezcla de confusión, sorpresa y una profunda decepción. Ella reconoció de inmediato el rostro del dueño del edificio que limpiaba todos los días. Las piezas encajaron en su mente como cuchillos. El hombre que la observaba en secreto era el mismo monstruo dueño de la empresa que venía a arrebatarle su hogar.
“¿Tú… tú eres el dueño?”, susurró Lucía, sintiendo que el mundo se le venía abajo. “¿Veniste a ver en primera fila cómo tus máquinas aplastan mi casa y el cartón que saco de tus basureros?”
“Lucía, no, te lo juro que yo no sabía…”, intentó explicar Santiago, dando un paso hacia ella, pero la joven retrocedió, levantando la mano.
“¡No te me acerques!”, gritó Lucía con una dignidad inquebrantable. “Ustedes los ricos creen que pueden aplastar a la gente y luego venir a dar disculpas. Quédate con tu dinero, quédate con tu edificio. Nosotros no necesitamos tus limosnas, ni a ti.”
Doña Elena soltó una carcajada irónica. “¿Conoces a esta gata, Santiago? Qué vergüenza. Ordena a los hombres que derriben esto de una vez.”