Fue entonces cuando Santiago hizo algo que quedó grabado en la memoria de las 50 familias presentes. Se giró hacia su madre, sacó su teléfono celular y marcó el número del departamento legal frente a todos.
“Cancela la demolición del sector 4. Ahora mismo”, ordenó Santiago con voz gélida. Luego miró a su madre directo a los ojos. “Y redacta un acta de junta extraordinaria para mañana a las 8 de la mañana. Voy a destituir a mi madre de la junta directiva por prácticas ilegales y abuso de poder.”
Doña Elena abrió los ojos desmesuradamente. “¡No puedes hacer eso! ¡Soy tu madre! ¡Es nuestro patrimonio!”
“Era nuestro patrimonio, madre. Ahora es solo una vergüenza”, sentenció Santiago. Volteó a ver a los matones. “Lárguense de aquí. Si veo a 1 solo de ustedes a menos de 5 kilómetros de esta colonia, los meto a la cárcel.”
Las camionetas se retiraron rápidamente, llevándose a una humillada y enfurecida Doña Elena. El silencio regresó a la calle de tierra. Santiago se quedó solo, frente a Lucía, Mateo y la abuela. Él intentó acercarse de nuevo, pero Lucía lo detuvo con una mirada de hielo. Ella entró a su casa, abrazó a su hermano y le cerró la puerta improvisada en la cara. Esa noche, Santiago regresó a su mansión de Polanco, pero por primera vez en sus 34 años, se sintió asquerosamente pobre por dentro.
A la mañana siguiente, el Corporativo Santa María tembló. Santiago cumplió su palabra. En una acalorada reunión que duró 4 horas, expuso los fraudes inmobiliarios de su madre y la expulsó de la compañía. Descubrió que los terrenos de la colonia habían sido adquiridos mediante sobornos a políticos locales. Las familias que vivían ahí tenían derechos legales que su madre había ocultado.
Lucía, por su parte, llegó al corporativo a las 6 de la mañana, pero no sacó su carrito de limpieza. Caminó directamente a recursos humanos y dejó su uniforme doblado sobre el escritorio, junto con su renuncia. No iba a recibir 1 solo peso de la gente que había aterrorizado a su abuela.
Cuando Lucía iba caminando hacia la salida del majestuoso lobby, Santiago bajó corriendo por las escaleras principales. Había decenas de oficinistas, ejecutivos y personal de limpieza observando, incluyendo a Verónica y Claudia, quienes miraban la escena con la boca abierta.
“¡Lucía, por favor, detente!”, gritó Santiago, sin importarle que las 100 personas presentes lo estuvieran mirando.
Ella se detuvo a mitad del lobby, con su mochila desgastada al hombro, y volteó a verlo con orgullo. Santiago caminó hacia ella y le entregó un sobre manila grueso.
“No es dinero. No es caridad”, dijo él, respirando agitado. “Ayer pasé toda la noche revisando los archivos. Mi madre falsificó las escrituras. El terreno donde vives es legalmente del municipio y ustedes tienen derecho de antigüedad. Aquí están los documentos de regularización para las 50 familias de tu calle. Ya pagué los trámites. Nadie, nunca más, podrá sacarlos de ahí.”