Tenía ojeras profundas que hacían que pareciera enfermo. Sus labios estaban resecos, agrietados. Y cuando sus miradas se encontraron, Ricardo vio algo en los ojos de Miguel que nunca había visto antes. Miedo. Miedo puro y absoluto. ¿Estás bien? ¿Te sientes mal? Ricardo preguntó sentándose en el borde de la cama. Miguel negó con la cabeza rápidamente, pero no dijo nada. Lupe dice que no quisiste desayunar. ¿No tienes hambre? No tengo hambre. Miguel susurró con voz ronca como si hubiera estado llorando durante horas.
Ricardo extendió la mano para tocar la frente de su hijo, pero Miguel se encogió instintivamente como si esperara que le pegaran. Ese movimiento, ese encogimiento reflejo hizo que algo se rompiera dentro de Ricardo. ¿Qué te pasa, Miguel? ¿Qué está pasando? Nada, papá. Estoy bien, solo cansado. Escuché gritos anoche, gritos que sonaban como si vinieran de ti. Los ojos de Miguel se abrieron enormes, llenos de pánico. Fue una pesadilla, solo una pesadilla. Sonaba como si vinieran del sótano.
No, Miguel dijo demasiado rápido, demasiado fuerte. No fui al sótano. Nunca voy al sótano. No dije que fuiste al sótano, Ricardo dijo lentamente, observando cada microexpresión en el rostro de su hijo. Dije que los gritos parecían venir de allí. Miguel cerró los ojos con fuerza, como si quisiera desaparecer. Fue una pesadilla, papá. Solo eso. Ahora, por favor, déjame dormir. Estoy muy cansado. Ricardo quiso insistir. Quiso sacudir a su hijo y exigirle que le dijera la verdad, pero en ese momento escuchó pasos en el pasillo.
Valeria apareció en la puerta, ya vestida con ropa deportiva de diseñador. Su cabello perfectamente arreglado, su maquillaje impecable. Buenos días. ¿Qué pasa aquí? Estaba revisando a Miguel. Parece enfermo. Valeria entró a la habitación con esa gracia felina que tenía, esa manera de moverse que siempre había fascinado a Ricardo. Pobrecito, debe ser un resfriado. Yo me encargo, mi amor. Tú tienes esa junta importante a las 9 con los inversionistas de Monterrey. No puedes llegar tarde. Ricardo miró su reloj.
Eran las 8:15. La junta era crucial para cerrar la fusión. Había inversionistas volando desde Monterrey específicamente para esta reunión. Pero necesito asegurarme de que Miguel, yo me encargo. Valeria repitió con firmeza, poniendo su mano en el hombro de Ricardo. Voy a llamar al doctor Ramírez para que venga a revisarlo. Todo va a estar bien. Ve a tu junta. Nosotros estaremos bien, ¿verdad, Miguel? Miguel asintió sin