Preparada.
Planeada.
—¿Cuánto tiempo llevas armando esto? —preguntó sin levantar la voz.
—El suficiente para hacer lo correcto.
Don Ernesto soltó una risa seca.
Dolorosa.
—¿Lo correcto? Tirar comida… mientras hay niños que no comen.
—No es mi problema.
Esa frase…
Esa maldita frase…
Fue la gota que derramó todo.
Don Ernesto levantó la mirada.
Y por primera vez en años…
no vio a su esposa.
Vio a alguien que no reconocía.
—Sí es tu problema —dijo despacio—. Porque esta es tu casa… y esos son tus hijos.
Señaló hacia el pasillo.
Los tres niños estaban ahí.
Escuchando todo.
Con los ojos abiertos.
Sin entender del todo… pero sintiendo todo.
—Ellos ya decidieron qué clase de personas quieren ser —continuó Don Ernesto—. Ahora falta que tú decidas lo mismo.
Verónica se levantó de golpe.
—¡No me des lecciones!
—No. Te estoy diciendo la verdad.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—Si cruzas esa puerta con esa denuncia… —dijo Don Ernesto— …no vuelves.
La amenaza no fue gritada.
Fue peor.
Fue real.
Verónica lo miró fijamente.
Buscando duda.
Buscando miedo.
No encontró ninguno.
—¿Me estás echando? —preguntó, incrédula.
Don Ernesto negó lentamente.
—Te estás yendo sola.
El aire se volvió pesado.
Irrespirable.
Verónica tomó la carpeta.