Y en ese instante entendió algo brutal:
Esto ya no era una discusión…
Era una guerra.
Y apenas estaba empezando.

EL MILLONARIO LLEGÓ SIN AVISAR…
El silencio en la sala pesaba como una tormenta a punto de estallar.
Don Ernesto no apartaba la mirada de Verónica.
No era la mujer con la que se había casado.
Era otra.
Fría. Calculadora. Dispuesta a todo.
—Tú decides —repitió ella—. Esa mujer… o tu familia.
María bajó la cabeza.
—Yo me voy, patrón… —susurró—. No quiero problemas.
Pero Don Ernesto levantó la mano.
—Nadie se mueve.
Su voz cambió.
No era fuerte.
Era firme.
Y eso fue peor.
Verónica entrecerró los ojos.
—¿Vas a protegerla?
Don Ernesto caminó despacio hasta la mesa.
Tomó la carpeta.
La abrió.
Papeles legales. Sellos. Firmas.
Una denuncia lista.