Verónica giró furiosa.
—¡Cállate!
Pero el niño no se movió.
Dio un paso al frente.
Luego otro.
Se puso entre su madre y María.
—Tú tiras la comida todos los días… —dijo, temblando— …y ella la recoge porque sus hijos no tienen qué comer.
El silencio cayó como un golpe seco.
Don Ernesto sintió un vacío en el pecho.
—¿Desde cuándo pasa esto? —preguntó, con la voz rota.
—Desde siempre…
Siempre.
Dos años.
Más de setecientos días.
Más de setecientas veces metiendo las manos en la basura… para alimentar a alguien más.
Don Ernesto miró la bolsa negra.
Luego miró a María.
Luego a sus hijos.
Y algo dentro de él empezó a despertar… algo que llevaba años dormido.
Pero lo que vino después…
Fue lo que lo terminó de destruir.
—Hay algo más, papá… —susurró Diego.
Lo llevó al cuarto.
Abrió su mochila.
La volteó sobre la cama.
Cayó un sándwich.