le guiñó un ojo. “Buenos días, campeón”, dijo Roberto acercándose a la trona. Nico soltó una risita nerviosa y volvió a golpear la mesa, esta vez con entusiasmo. Elena se giró sorprendida por la informalidad del patrón. “Buenos días, señor Roberto”, dijo ella secándose las manos en el delantal. Sus ojos aún tenían un ligero rastro de hinchazón por el llanto de la noche anterior, pero su mirada era clara y tranquila. No sabía que bajaría tan temprano. El café está casi listo.
No quiero café, Elena respondió él, sentándose en una de las sillas de la cocina, no en la cabecera de la mesa formal del comedor. Hoy quiero lo que estén tomando ellos. Elena sonrió. Una sonrisa que iluminó la cocina. más que las luces halógenas. Papilla de plátano con galletas, preguntó divertida. Si eso es lo que da energía para aguantar el ritmo de estos dos, entonces sí, papilla. Dijo Roberto tomando la cuchara que Nico le ofrecía. Ese desayuno marcó el fin de una era y el comienzo de otra.
No hubo reuniones de negocios, no hubo llamadas a Ginebra. Roberto pasó la mañana aprendiendo y fue la lección más difícil de su vida. Descubrió que dirigir una multinacional era un juego de niños comparado con cambiar un pañal en movimiento o convencer a Santi de que no se metiera una pieza del ego en la nariz. A media mañana, el timbre de la puerta principal sonó. El sonido seco reverberó en la casa. Roberto se tensó. Elena, que estaba en el suelo ayudando a Santi a estirar las piernas, levantó la vista con temor.
“Debe ser ella”, susurró Elena. Gertrudis había amenazado con volver a por el resto de sus cosas. Roberto se puso de pie. Su postura cambió. El padre juguetón desapareció por un segundo y volvió el hombre de acero. Pero esta vez el acero era un escudo para su familia. Quédate aquí. ordenó suavemente. Yo me encargo. Roberto caminó hacia la entrada. Al abrir la puerta, no encontró a Gertrudis, sino a un mensajero con una caja y detrás de él, en la acera, un coche patrulla que había venido a tomar declaración por la denuncia de intento de robo que Gertrudis, en su delirio de venganza, había intentado interponer contra Elena esa misma mañana, alegando que el despido fue improcedente.