oxidada, pero genuina, que sonó extraña en esa habitación acostumbrada al silencio. “Trato hecho”, dijo él. Y en ese momento, bajo la luz tenue de la lámpara de estrella, con el padre rico en el suelo y la niñera pobre de pie, se selló la verdadera fortuna de esa casa. No estaba en la caja fuerte, estaba en la alfombra. La mañana siguiente no amaneció como cualquier otra en la mansión. Habitualmente el sol entraba por los ventanales blindados iluminando partículas de polvo en un silencio de mausoleo.
Pero hoy el sol parecía entrar con permiso para tocarlo todo. Don Roberto bajó a la cocina a las 8 en punto, como marcaba su reloj biológico. Sin embargo, por primera vez en 5 años, no llevaba el traje azul marino de corte italiano, ni la corbata de seda ajustada al cuello como una soga elegante. Llevaba unos pantalones de chándal gris y una camiseta blanca de algodón, una ropa que había rescatado del fondo de un cajón olvidado, vestigios de una época en la que él también sabía lo que era un domingo perezoso.
Al entrar en la cocina. El olor no era el del café negro y amargo que Gertrudis solía servirle en soledad. Olía a vainilla, a leche caliente y a pan tostado. Elena estaba allí de espaldas tarareando una melodía suave mientras movía una sartén. Nico estaba en su trona con la cara manchada de puré de frutas, golpeando la bandeja con una cuchara de plástico. Al ver a su padre, el niño se detuvo. Hubo un segundo de duda, un reflejo condicionado por meses de frialdad, pero Roberto, en lugar de ignorarlo o pedir silencio, hizo algo que cambió la atmósfera de la habitación.