Lo miró a la luz girándolo. Luego bajó la mano y miró a Elena. Vio el terror absoluto en su rostro, la devastación de alguien que sabe que la verdad no importa cuando la evidencia está amañada. Vio a sus hijos llorando a los pies de ella, abrazándose a sus piernas como si fueran náufragos aferrados a un mástil. Y luego Roberto giró la cabeza lentamente hacia Gertrudis. La sonrisa de la anciana vaciló por una fracción de segundo. Había algo en la mirada de Roberto que no encajaba.
No había furia descontrolada. Había una calma gélida, una oscuridad profunda y aterradora. Tienes razón, Gertrudis, dijo Roberto, su voz resonando en el vestíbulo de mármol. Con mi familia no se juega. Exacto, señor. Por eso debe Dime una cosa, la interrumpió Roberto, dando un paso hacia la ama de llaves, invadiendo su espacio personal. ¿Cómo sabías que estaba en el fondo de la bolsa, debajo de los calcetines? Gertrudis parpadeó nerviosa. Yo yo supuse, los ladrones siempre esconden las cosas al fondo.
Es instinto, señor. Instinto, repitió Roberto saboreando la palabra con disgusto. Curioso instinto, porque desde donde estabas parada era imposible ver el fondo de la bolsa antes de que yo sacara la mano. El aire en la habitación cambió. La trampa de Gertrudis se había cerrado, pero ella aún no se daba cuenta de que su pie era el que estaba atrapado en el cepo. “Señor, ¿qué insinúa?”, preguntó Gertrudis, su voz perdiendo fuerza. “La evidencia está ahí.” Ella lo robó.
“La evidencia está ahí, sí”, dijo Roberto apretando el broche en su puño. “Pero la verdad es algo mucho más complicado, ¿no crees?” Elena miraba la escena confundida. con el corazón martilleando. ¿Por qué no la estaba gritando? ¿Por qué miraba a Gertrudis con esa intensidad de depredador? Elena dijo Roberto sin dejar de mirar a la anciana, “coge a los niños, llévalos a su cuarto, cierra la puerta y tápales los oídos. Señor, yo intentó hablar Elena. Hazlo”, ordenó Roberto y esta vez gritó, pero no con ira hacia ella, sino con urgencia de protección.