Ven, Santi! Susurró ella, extendiendo los brazos abiertos. Ven con la nana, ven por un abrazo. La distancia era de apenas un metro, pero para un niño con hipotonía era un abismo. Santi soltó un quejido de frustración, miró sus pies, miró a Elena y entonces sucedió. Santi apretó los puños diminutos a sus costados. Su cara se frunció en un gesto de concentración absoluta. Respiró hondo, inflando su pecho pequeño, y levantó el pie derecho. No fue un movimiento elegante, fue torpe, pesado, un zapatazo contra el suelo de madera que resonó en el silencio sepulcral de la habitación.
Roberto dejó de respirar. Sus uñas se clavaron en sus propios brazos a través de la tela del traje. El pie izquierdo siguió. Un paso. Santi se inclinó peligrosamente hacia adelante. Roberto hizo el amago de correr a atraparlo, pero Elena levantó la vista y le lanzó una mirada fulminante que lo detuvo en seco. Confíe decían sus ojos. El niño recuperó el equilibrio agitando los brazos. Dio otro paso y otro. Dios mío. El susurro escapó de los labios de Roberto como una oración involuntaria.
No eran los pasos arrastrados de un niño enfermo, eran los pasos decididos de un niño que tiene una meta. Santi soltó una risita nerviosa, una mezcla de miedo y emoción, y se lanzó hacia adelante en los últimos dos pasos, cayendo en los brazos abiertos de Elena. Eso es, gritó Elena, abrazándolo y rodando con él en la alfombra, llenándole la cara de besos. Lo hiciste. Eres un campeón. Nico, desde el sofá empezó a aplaudir y a reír, contagiado por la victoria de su hermano.
La escena era la prueba irrefutable. Ningún médico, ningún aparato, ninguna terapia de miles de dólares había logrado lo que esa mujer había conseguido con paciencia, suelo y amor. Roberto sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Todo su sistema de creencias, basado en pagar por lo mejor y exigir resultados inmediatos, se desmoronó. Miró a su hijo, que reía en brazos de la sirvienta vulgar y luego miró sus propias manos vacías. Se dio cuenta con un dolor agudo en el pecho, de que él no conocía a su hijo.
No sabía que podía caminar, no sabía que podía ser valiente, se había perdido el milagro. por estar demasiado ocupado juzgando el método. Doña Gertrudis, viendo que la narrativa se le escapaba de las manos, decidió jugar su última carta, la más sucia. Bueno, dijo la anciana con desdén, rompiendo el momento mágico. Caminar es una cosa, pero la decencia es otra. Señor, no deje que este truco de feria le nuble el juicio. Recuerde lo que le dije. Recuerde lo que falta en la caja fuerte de la señora.