El millonario fingió irse de viaje pero descubrió — lo que la niñera hacía con sus hijos…

Nico, que había quedado solo en el sofá llorando bajito, levantó la cabeza al ver entrar a Elena. estiró los brazos, pero Elena le hizo un gesto suave de espera con la mano, una señal que el niño entendió al instante. Doña Gertrudis apareció por el pasillo lateral, atraída por el regreso inesperado. Al ver a Elena de nuevo en la sala, su rostro se contorcionó en una mueca de indignación. “Señor, ¿qué hace esta mujer aquí todavía?”, espetó la ama de llaves, avanzando con paso rápido.

Pensé que ya habíamos limpiado la casa de silencio, Gertrudis, ladró Roberto sin mirarla, con los ojos fijos en Elena y su hijo. El tono fue tan cortante que la anciana se detuvo en seco con la boca abierta, ofendida y sorprendida. Roberto se quedó de pie junto al marco de la puerta con los brazos cruzados, una postura defensiva que ocultaba su terror. Quería creer, pero tenía pánico de decepcionarse otra vez. Elena caminó hasta el centro de la alfombra Beish.

Se arrodilló lentamente, quedando a la altura de los ojos de Santi. Con una delicadeza infinita, despegó al niño de su pecho y lo puso de pie sobre la alfombra. Sus manos grandes y cálidas sostenían la cintura del pequeño. Santi se tambaleó. Sus piernitas, enfundadas en el overall de mezclilla temblaban visiblemente. Buscó instintivamente agarrarse de la ropa de Elena, jimoteando un poco. “Usted lo sostiene”, acusó Roberto desde la puerta con la voz cargada de escepticismo. Si lo suelta, se cae.

Es lo que siempre pasa. Sh, chistó Elena sin apartar la vista de los ojos del niño. Ti, mírame, mírame a mí, mi amor. Tú eres fuerte, tú eres un gigante. Elena retiró las manos de la cintura del niño, pero las dejó a milímetros de su cuerpo, listas para atraparlo, creando un campo de fuerza invisible de seguridad. Santi se quedó allí oscilando como una hoja al viento. Sus rodillas se doblaron hacia adentro. Se va a caer susurró Gertrudis con veneno.

Es una crueldad. He dicho que se calle, rugió Roberto con el corazón latiéndole en la garganta. Santi miró a su alrededor asustado por el espacio vacío. Sus ojos buscaron a su padre, pero Roberto era una estatua lejana y borrosa. Luego volvieron a Elena. Ella estaba allí sonriendo con esa sonrisa luminosa que prometía que todo estaría bien. Ella no lo miraba con lástima, lo miraba con orgullo. Elena retrocedió lentamente, un paso, dos pasos, arrastrándose de rodillas hacia atrás, alejándose del niño.