Al lado un ramo de flores del jardín recogidas sin mucho criterio, mezclando margaritas, hojas de menta y hasta una ramita de romero. “¿Histe todo esto para mí?” Papi ayudó un poquito. Sofía admitió subiendo a la cama y acurrucándose junto a Laura. Pero la idea fue mía. Él solo cortó el pan porque el cuchillo es peligroso. Santiago permaneció en la puerta observando a las dos con una expresión que mezclaba ternura y nerviosismo. Vestía una camiseta sencilla y pantalón deportivo, el cabello todavía despeinado del sueño.
Y aún así, Laura pensó que nunca lo había visto tan guapo. ¿Puedo entrar?, preguntó. Sí, papi. Sofía respondió antes de que Laura pudiera hablar. Siéntate aquí del otro lado. La cama es grande. La invitación inocente creó una intimidad inesperada. Santiago se sentó en el borde de la cama, manteniendo una distancia respetuosa, mientras Sofía parloteaba sobre cómo se había despertado tempranito para preparar la sorpresa. Laura comía el pan tostado quemado con gusto, elogiando cada mordida, haciendo que la niña brillara de orgullo.
“Lau Sofía”, dijo de repente con esa seriedad que a veces tomaba su rostro pequeño. “¿Te vas a quedar para siempre con nosotros?”, La pregunta flotó en el aire. Laura sintió la mirada de Santiago sobre ella, esperando, pero sin presionar. ¿Por qué preguntas eso, mi amor? Porque le pedí al ángel de mami algo muy importante. Pedí que nunca te fueras otra vez. Pedí que fueras mi mamá de verdad. El silencio que siguió estuvo cargado de emoción. Laura sintió los ojos arder, la garganta apretarse.
Miró a Santiago y vio que estaba tan emocionado como ella. Los ojos brillando con lágrimas contenidas. Sofía, mi amor. Laura comenzó sin saber cómo continuar. Sé que mi mami de verdad está en el cielo. La niña continuó con la voz firme a pesar del tema pesado. Doña Josefina me explicó que no va a volver, pero ella dijo que el corazón es grande y cabe más de un amor. Entonces puedo amar a la mami del cielo y amarte a ti también.
A las dos al mismo tiempo, Laura jaló a Sofía hacia un abrazo apretado, las lágrimas rodando libremente. Ahora, esa niña de 4 años acababa de verbalizar con la claridad brutal de los niños lo que los adultos a su alrededor no podían expresar. El corazón es grande, cabe más de un amor. Te amo, Sofía. Laura susurró contra el cabello rubio de la niña. Te amo más de lo que puedes imaginar. Entonces, ¿te quedas? Me quedo. Sofía se separó del abrazo y miró a su padre con expresión determinada.
Papi, ahora es tu turno. ¿Mi turno de qué, hija? De pedirle a Lau que se quede para siempre. Prometiste que ibas a pedírselo. Santiago soltó una risa nerviosa, el rostro enrojeciendo. Laura lo miró con curiosidad. ¿De qué está hablando? Él respiró profundo, pasándose la mano por el cabello en su gesto característico de nerviosismo. Anoche, después de que subiste, Sofía apareció en la cocina. Dijo que había escuchado parte de nuestra conversación y quería saber si iba a pedirte que fueras mi novia.