Mateo no lo abrió todavía, solo miró el sobre. Conocía su propia letra desde los 7 años, cuando su maestra de primaria le había dicho que escribía torcido, pero con carácter. Lo que estaba en ese sobre no era su letra, era una versión de ella estudiada, copiada, suficientemente parecida para engañar a una madre que quería creer. “¿Puedo?”, preguntó mirando a su madre. Ella asintió sin hablar. Mateo sacó la hoja del sobre con cuidado, como si el papel pudiera romperse o como si necesitara ese momento extra antes de leer lo que alguien más había escrito con su nombre.
Era una sola página, letra redonda, inclinada hacia la derecha, con una regularidad que no tenía nada que ver con la manera en que él escribía rápido, apretado, con las i sin punto cuando tenía prisa. quien hizo esto se había esforzado, había practicado, lo cual significaba que no fue un impulso, fue una decisión. Leyó en silencio primero, luego, sin que nadie se lo pidiera, empezó a leer en voz alta. La carta decía que él estaba bien, que agradecía a Dios haber tenido tiempo para pensar, que entendía que la situación era difícil para todos y que no
quería hacer una carga, que Rodrigo había hablado con él y que estaba de acuerdo con los arreglos que se habían hecho con la casa y los bienes, porque era lo más sensato para proteger a la familia. Que no se preocuparan por visitarlo, porque él necesitaba ese tiempo a solas para recomponerse, que los quería. que los quería. Mateo dejó de leer, dobló la hoja con cuidado y la puso sobre la mesa. “Yo nunca escribí eso”, dijo doña Carmen.
Ya no lloraba. Había algo peor que el llanto. Estaba sentada con las manos juntas sobre la mesa, los ojos fijos en la hoja doblada, con la expresión de alguien que acaba de sumar una columna de números y el resultado no tiene ningún sentido y al mismo tiempo tiene todo el sentido del mundo. 7 años, dijo en voz muy baja. 7 años pensando que no querías vernos, que te habíamos fallado de alguna manera, que quizás si hubiéramos hecho las cosas diferentes.
Se le quebró la voz, la controló. Le recé a la Virgen para que te cuidara, porque yo no podía, porque tú mismo habías dicho que no. Mateo abrió la boca para decir algo y no encontró nada que alcanzara para lo que su madre acababa de decir. Fue don Aurelio quien habló desde el otro lado de la mesa sin levantar la vista del mantel. Fui una vez, Mateo. El primer año antes de que Rodrigo nos trajera esa carta.
Tomé el camión yo solo porque tu mamá estaba enferma y no quise preocuparla. Llegué al penal a las 7 de la mañana y esperé en la fila con las otras familias. Hizo una pausa larga. Cuando llegué a la ventanilla, me dijeron que tú habías dejado instrucciones de no aceptar visitas de ningún familiar. Me mostraron un papel con tu firma. El guardia fue amable, pero no me dejó pasar. Esperé afuera una hora por si había algún error. Luego me vine.
El hombre de 72 años que había cargado costales de cemento toda su vida. que nunca había llorado delante de sus hijos porque así lo habían criado a él. Parpadeó tres veces seguidas y miró hacia la ventana oscura. Me vine, repitió, como si todavía no terminara de entender cómo había podido hacer eso. Mateo se levantó. Necesitaba aire. Salió por la puerta trasera y caminó hasta el centro del patio de tierra. El cielo estaba despejado y lleno de estrellas de esas que solo se ven lejos de la ciudad.
Las vacas dormían en el corral quietas con ese ritmo pausado de los animales que no saben lo que pasa pero lo sienten. Don Filiberto salió después y se paró a su lado. No dijo nada, solo encendió un cigarro apagado que traía en la bolsa y lo masticó sin prenderlo. Así estuvieron un rato. Entonces fue él desde el principio, dijo Mateo. Al fin. No era una pregunta. Desde antes del principio, me parece. respondió don Filiberto. Mateo miró las estrellas.