El Hijo Regresó Después De Años En Prisión… Y Descubrió Por Qué Sus Padres Nunca Lo Visitaron…

La puso sobre la mesa. Rodrigo nos trajo estos papeles hace años. Dijo que eran para proteger la casa, que tú ya lo sabías, que todos habían firmado de acuerdo. Hizo una pausa. Yo no entendí todo lo que decía, pero firmé porque era mi hijo el que me lo pedía. Sus ojos encontraron los de Mateo con una pregunta que ya sabía la respuesta. La caja de lámina tenía la tapa abollada y olía a papel viejo. Doña Carmen la empujó hacia el centro de la mesa sin abrirla, como si necesitara un momento más antes de lo que vendría después.

Mateo la abrió. Él adentro había un fajo de hojas dobladas en tres sujetas con una liga que se había vuelto quebradiza con los años. Las sacó con cuidado y las extendió sobre la mesa bajo la luz amarilla del foco. Don Filiberto se acercó, se puso los lentes que cargaba en la bolsa del pecho y leyó junto a él. No eran contratos de arrendamiento, eran escrituras, documentos de compraventa, traspasos de propiedad, cuatro hojas en total, con sellos notariales y fechas que iban desde 6 años atrás hasta hace tres.

La primera transfería el inmueble de la colonia Oblatos, la casa familiar, a nombre de Rodrigo Reyes Guzmán. La segunda cedía un terreno al norte de la ciudad. La tercera era un convenio de administración de una cuenta bancaria mancomunada. La cuarta era la más reciente y la más cruel, un documento que establecía el derecho de habitación vitalicio de don Aurelio y doña Carmen en el rancho El Olvido. Un predio adquirido a nombre de Rodrigo. Rodrigo no los había corrido de su casa.

Les había dado una, en cambio, la peor que encontró, y lo había envuelto en lenguaje legal hasta que sonara como un favor. ¿Ustedes leyeron esto antes de firmar?, preguntó Mateo con la voz plana. Don Aurelio negó despacio. Rodrigo dijo que era para proteger los bienes de la familia que contúentro y nosotros ya grandes. Era mejor tener todo en orden, que así nadie nos podía quitar nada. Hizo una pausa corta. Yo no sé mucho de papeles, Mateo. Nunca supe.

Trajo a alguien con él”, añadió doña Carmen. Un señor con portafolios que explicó todo muy rápido, con palabras que yo no entendía. Rodrigo decía que sí, que así era, que firmáramos no más. La mujer miró sus propias manos sobre la mesa. Firmamos. Don Filiberto señaló una línea en la primera escritura sin decir nada. Mateo la leyó. En el apartado de consentimiento figuraban tres firmas, la de don Aurelio, la de Doña Carmen y una tercera que llevaba su nombre Mateo Reyes Guzmán con una rúbrica que no era la suya.

La misma mano que había falsificado el documento del penal había falsificado este también. Esta firma no es mía dijo Mateo. Doña Carmen lo miró, luego miró la hoja, luego cerró los ojos. Don Aurelio puso el puño sobre la mesa, no golpeó, solo lo apoyó despacio como alguien que necesita sentir algo sólido debajo. Mateo siguió revisando. En la tercera hoja encontró el convenio bancario y vio los movimientos registrados, retiros periódicos, transferencias, una cuenta vaciada en el transcurso de 2 años.

El dinero que sus padres habían ahorrado en 40 años de trabajo había pasado a otra cuenta sin que ellos lo supieran del todo o sin que hubieran podido impedirlo, aunque lo supieran. Dobló las hojas y las puso a un lado. Rodrigo, ¿les trajo algún otro papel?, preguntó. Una carta, algo que dijera que venía de mí. Doña Carmen abrió los ojos. Algo cruzó su cara a un recuerdo que había guardado sin saber bien por qué. Sí, dijo una carta.

Rodrigo dijo que tú la habías mandado con él porque no podías escribir directo desde adentro. Que me explicabas que estabas de acuerdo con todo, que no me preocupara. Se levantó despacio, fue al cajón junto a la estufa y revolvió entre papeles doblados y estampas religiosas hasta encontrar un sobre de color crema. La guardé porque era tuya. Aunque dolía leerla, la guardé. lo puso frente a Mateo. En la parte de afuera, con letra de Rodrigo decía carta de Mateo para mamá.