¿Y nunca dijiste nada? ¿A quién? Don Filiberto encogió un hombro. Rodrigo tiene buena imagen en el barrio. Tiene dinero, tiene palabras para todo. Si yo llego a decir algo sin pruebas, soy el viejo chismoso que no tiene nada mejor que hacer. hizo una pausa. Además, tus papás nunca dijeron nada en contra de él, ni cuando los fui a ver al rancho tenían miedo, creo, o vergüenza, o las dos cosas. El pavimento terminó sin aviso y la camioneta empezó a traquetear sobre Tierra Roja.
A los lados del camino, los árboles se fueron espaciando hasta desaparecer. El paisaje se volvió plano, seco, con arbustos bajos y cercas de alambre que no parecían proteger nada en particular. “Tu hermano siempre tuvo celos de ti”, dijo don Filiberto con la vista en el camino. “Desde chamaco. Tú eras más tranquilo, más de quedarte hasta ayudar a tu mamá, más de escuchar a tu papá cuando hablaba. Rodrigo quería ser el importante, el que mandaba, pero en la casa era tu mamá la que siempre preguntaba primero cómo estabas tú.
Mateo no respondió, no porque no creyera lo que escuchaba, sino porque lo creía demasiado y eso dolía de una manera particular. El día que te detuvieron, continuó el viejo bajando un poco la voz. Yo estaba podando la barda de enfrente. Vi el coche de Rodrigo parado dos cuadras abajo antes de que llegara la policía. Lo vi ahí parado esperando. Negó con la cabeza. No lo puedo probar, Mateo. Nunca lo pude probar, pero lo vi. La camioneta pasó sobre un bache y ambos se sacudieron.
Don Filiberto frenó despacio cuando el camino de tierra se fue angostando hasta volverse apenas una brecha entre matorrales. Apagó el motor. Ya no entra el coche, dijo. De aquí es a pie. Bajaron. El viento olía a tierra seca y a estiércol de ganado. No había ningún otro sonido además del viento y lejos el mujido ocasional de alguna vaca. Mateo siguió a don Filiberto por una vereda angosta. rodearon un cerco de madera con tablas mal clavadas y entonces al otro lado de un llano pelón apareció una casa pequeña, techo de lámina, paredes sin pintar, una chimenea
delgada con un hilo de humo blanco y en el corral de junto una figura encorbada que movía un cubo de un lado a otro entre las vacas. Mateo se detuvo. Conocía esa manera de caminar. La conocía desde niño. Era la misma que había visto cada mañana durante 20 años cruzando el patio de la casa en Guadalajara para revisar la llave del agua o cargar las bolsas del mandado. Era su padre, don Aurelio Reyes, a sus 72 años alimentando vacas en un rancho que se llamaba El olvido.
Mateo sintió algo subir por el pecho que no era exactamente llanto ni exactamente rabia. Era las dos cosas juntas. apretadas, sin nombre todavía. Dio un paso adelante. Don Aurelio no escuchó los pasos porque el viento soplaba en contra. Seguía moviéndose entre las vacas con ese ritmo lento y constante de quien hace lo mismo cada día y ya no necesita pensar para hacerlo. Un cubo de agua para una, un puñado de forraje para otra, la mano apoyada un momento en el lomo de la más vieja, casi como saludo, papá.
La palabra salió baja, casi sin querer, pero en el silencio del campo llegó lejos. Don Aurelio se detuvo, no se dio la vuelta de inmediato, quedó parado con la mano todavía sobre el lomo de la vaca, la cabeza ligeramente inclinada, como alguien que acaba de escuchar algo que no estaba seguro de haber escuchado, como alguien que ha aprendido a no hacerle caso a ciertas voces porque ya le han dolido demasiadas veces cuando resultaron ser solo el viento.