El duque detuvo su carruaje e hizo algo increíble a la niña huérfana delante de todos

Gregorio la miró con desconfianza.

—No es asunto tuyo.

—No. Pero si sigue caminando así, mañana no podrá ni ponerse de pie.

El hombre dudó. Tal vez porque el dolor era demasiado obvio. Tal vez porque ella no habló con lástima, sino con conocimiento. Finalmente, le permitió acercarse.

Elisa se arrodilló y revisó el tobillo hinchado.

—Es un esguince. Necesita compresa tibia y venda.

Buscó alrededor: agua caliente, tiras de tela, incluso hierbas secas guardadas entre los equipajes. Trabajó con rapidez, con manos seguras, ajustando el vendaje con una precisión que no parecía improvisada.

—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó una voz detrás de ella.

Era Adrián.

Elisa no dejó de trabajar.

—En el hospicio, al principio. Luego en los pueblos. Cuando la gente no puede pagar médico, aprende a curarse con lo que haya… o se muere.

Gregorio movió el pie con cuidado. El alivio fue inmediato.

—Caray… está mucho mejor.

Adrián la observó unos segundos más, con esa intensidad silenciosa que parecía desnudar verdades.

—Siéntate más cerca del fuego —ordenó.

Doña Remedios apretó los labios. Dos sirvientas se inclinaron para murmurar entre sí. Pero Elisa obedeció.