El duque detuvo su carruaje e hizo algo increíble a la niña huérfana delante de todos

Los hombres se movieron de inmediato. En pocos minutos levantaron una cubierta improvisada con lonas, estacas y sogas. Encendieron fogatas con enorme dificultad. Cajas, baúles y cobijas fueron acomodados con eficiencia militar.

Y en medio de todo aquello, Elisa quedó otra vez al margen.

Nadie le dijo dónde sentarse. Nadie le ofreció abrigo. Hasta que la voz de Adrián volvió a escucharse, seca y definitiva:

—Pónganla bajo la lona. No se va a morir de frío mientras esté bajo mi responsabilidad.

La incomodidad fue visible, pero la orden se cumplió.

Elisa se sentó lejos del fuego, como quien ya conoce la distancia exacta que le corresponde en el mundo. Estaba temblando tanto que apenas podía juntar las manos. Entonces Adrián se acercó, se quitó los guantes de cuero negro y se los extendió.

Ella miró primero los guantes, luego a él.

Buscó ironía, superioridad, cualquier sombra de humillación disfrazada de caridad. No encontró nada.

—Tus manos están heladas —dijo él—. Úsalos.

Elisa los tomó con un cuidado casi reverente. El calor atrapado en el cuero le arrancó un estremecimiento tan fuerte que estuvo a punto de llorar.

—Gracias, señor.

Adrián asintió y se alejó.

Pero el gesto ya había sido visto por todos.

La tormenta siguió rugiendo durante horas. Elisa, todavía con los guantes puestos, observaba en silencio los movimientos de la comitiva. Fue así como notó que uno de los hombres que alimentaba el fuego, un mayordomo de unos cincuenta años llamado Gregorio, cojeaba con evidente dolor.

En el tercer viaje con leña, el hombre dejó escapar un gemido involuntario.

Elisa se levantó.

—Su pierna —dijo con cautela—. Está mal, ¿verdad?