No encontró teatralidad en su desgracia. Ni rastro de manipulación. Solo agotamiento… y dignidad.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
La joven parpadeó, sorprendida. Como si aquella pregunta fuera más extraña que la tormenta.
—Elisa Torres —respondió al fin, con una voz ronca pero firme.
—¿De dónde vienes?
Ella bajó la mirada un instante y volvió a alzarla.
—De ninguna parte, señor. Nací en San Jerónimo. Mi madre murió cuando yo era niña. Crecí en el hospicio de la parroquia. Después fui sirvienta, lavandera, cocinera… lo que me dejaran ser. Hoy me echaron de la posada porque no tenía con qué pagar. Eso es todo.
La sinceridad de la respuesta dejó un breve silencio entre todos.
Hilario se acercó con urgencia.
—Patrón, el camino ya no aguanta. Si seguimos, nos vamos a atascar.
Adrián observó el cielo, luego el terreno, luego a aquella muchacha empapada que parecía a punto de quebrarse y, aun así, se negaba a pedir compasión.
—Armen el resguardo de viaje —ordenó—. Protejan a los caballos. Nos quedamos aquí hasta que ceda la tormenta.