El chirrido de las ruedas al detenerse sonó casi como un mal presagio.
Adrián giró apenas el rostro hacia la ventanilla empañada. Afuera, entre la lluvia, distinguió una silueta femenina hundida en el barro. No pedía ayuda. No alzaba los brazos. No lloraba. Solo permanecía ahí, encorvada, las manos enterradas en el fango como si se aferrara al último pedazo del mundo que no la hubiera expulsado.
Detrás del carruaje principal se detuvieron otros dos. Bajaron sirvientes, un capataz, la ama de llaves y un par de hombres de confianza. Las voces comenzaron de inmediato.
—Seguro es una vagabunda.
—O una ladrona.
—Tal vez viene huyendo de algún delito.
—Parece huérfana —sentenció doña Remedios, el ama de llaves, con una mueca de desprecio—. Y ya saben lo que eso significa.
Sí, todos lo sabían. Sin familia, sin apellido, sin protección. Una persona que el mundo podía pisar sin consecuencia.
La joven levantó el rostro muy despacio.
Tenía unos veintiún años, el cabello oscuro pegado a las mejillas por la lluvia, los labios morados de frío y un vestido marrón tan gastado que parecía haber sido remendado con pura terquedad. Sus ojos, sin embargo, eran lo único intacto en ella: enormes, atentos, silenciosos.
—Sáquenla del camino —ordenó Adrián desde la puerta del carruaje, ya de pie bajo la lluvia.
Dos peones se miraron con incomodidad, pero obedecieron. La alzaron de los brazos. La muchacha trastabilló, entumida, aunque hizo un esfuerzo feroz por mantenerse erguida.
Adrián se acercó lo suficiente para verla bien.