La carreta negra avanzaba por el camino como una sombra arrancada de la misma tormenta. Los caballos, empapados y tensos, parecían hechos de noche y barro; cada golpe de sus cascos hundía el sendero un poco más en aquel lodazal interminable. La lluvia caía con una furia obstinada sobre los toldos, sobre la madera, sobre el mundo entero, como si quisiera borrar hasta el último rastro de vida de la sierra.
Dentro del carruaje principal, forrado de terciopelo vino, don Adrián Montenegro permanecía inmóvil.
Tenía treinta y seis años, una fortuna capaz de comprar pueblos enteros y una reputación que helaba conversaciones. En el norte de México, su nombre se pronunciaba con respeto o con miedo. Era dueño de haciendas, minas, tierras y hombres al servicio de su apellido. Pero había algo que el dinero no había podido devolverle: a su esposa, muerta de fiebre tras dar a luz, y al hombre que él había sido antes de enterrarla.
Desde entonces, Adrián se había convertido en una estatua elegante. Mandaba, resolvía, sostenía un imperio, pero por dentro caminaba como un viudo que no había terminado de caer al fondo.
El cochero, Hilario, conocía bien ese silencio. Había servido a la familia Montenegro desde que Adrián era un muchacho impulsivo y todavía sonreía sin culpa. Por eso, cuando divisó una figura arrodillada al borde del camino, dudó solo un segundo antes de jalar con fuerza las riendas.
—Patrón —gritó por encima de la lluvia—. Hay alguien allá.