Eloísa respiró hondo.
—Hay un hombre en Londres llamado barón Raúl de Rocafuerte.
Alejandro frunció el ceño. Lo conocía de nombre. Un hombre rico, bien conectado, célebre por sus excesos.
—¿Qué tiene que ver él?
Los ojos de Eloísa se endurecieron.
—Me vio en un evento hace dos años. Mi padre me llevó creyendo que sería seguro. Rocafuerte empezó a perseguirme. Cartas, flores, regalos. Luego amenazas. Me acorraló en un corredor y me dejó claro que no quería casarse conmigo. Quería poseerme.
Alejandro sintió un ascenso lento y mortal de furia.
—¿La tocó?
—Intentó hacerlo. Logré escapar. Se lo dije a mi padre. No me creyó del todo. O no quiso creerme. Entonces Rocafuerte empezó a insinuar que yo lo provocaba, que era una mujer fácil, que ansiaba su atención. Quería obligar a mi padre a entregarme para salvar mi nombre.
Su voz tembló por primera vez.
—Así que inventé otra historia antes de que él terminara la suya. Dejé que Londres creyera que yo era fea, desgraciada, indeseable. Cruel, sí. Pero eficaz. Los hombres dejaron de acercarse. Las invitaciones se detuvieron. Me encerré en una jaula con paredes suaves… y sobreviví.
Alejandro la miró en silencio.
—¿Y yo?
—Usted necesitaba dinero. Yo necesitaba un escudo. Un duque es un escudo poderoso.