El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó.

Él apretó los puños.

—¿Y la verdad que podría destruirme?

Eloísa sostuvo su mirada.

—Antes de la boda, sus abogados firmaron una cláusula privada. Si usted me abandona, me esconde o intenta reducirme a una figura decorativa sin protección, yo obtengo control sobre los fondos líquidos que quedan de Monteverde para garantizar mi seguridad. Es legal. Su apoderado la aceptó porque estaba desesperado.

Alejandro sintió que el aire se volvía hielo.

—Entró en este matrimonio armada.

La voz de Eloísa se suavizó, pero no se quebró.

—Entré preparada. Las mujeres que no se preparan terminan destruidas.

Él caminó una vez de un lado a otro.

—¿Cree que yo iba a desecharla?

Eloísa alzó el mentón.

—Se casó conmigo sin conocerme. Creyó que era fea y aun así aceptó. Eso me dice que quería una esposa a la que pudiera ignorar.

Le dolió porque era verdad.

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta con urgencia. Un criado entró pálido y entregó una carta.