El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó.

Los labios de Eloísa se curvaron apenas.

—Lo sabrá si se comporta tan mal como pensaba hacerlo.

Así que ella lo sabía. Sabía que él había aceptado el matrimonio porque la creía fea, manejable, prescindible. Y le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer que eso importara.

El banquete fue una obra de teatro perfecta. Eloísa saludó a las damas con gracia impecable. Conversó con los viejos nobles como si hubiera nacido entre ellos. Sonrió ante los elogios con una calma casi aterradora. Alejandro, en cambio, sintió que cada minuto a su lado lo empujaba más lejos del equilibrio.

Cuando la mayoría de los invitados empezó a irse, Augusto Valdés se le acercó en un pasillo silencioso.

—Confío en que está complacido, su excelencia.

Alejandro lo miró con frialdad.

—No me mostró su rostro.

Valdés sonrió apenas.

—Nadie muestra todas sus cartas en una negociación.

—Entonces admite que lo fue.

—Todos los matrimonios lo son. Algunos solo tienen la cortesía de no fingir.

Alejandro dio un paso hacia él.

—Dejó que llamaran monstruo a su hija.

La mandíbula de Valdés se endureció.

—Dejé que la subestimaran. Hay una diferencia.

Aquella respuesta heló a Alejandro. Los rumores no solo habían protegido a Eloísa. También habían hecho el trato más digerible para él.

Horas después, partieron hacia la hacienda Monteverde. El viaje fue largo, envuelto en niebla y silencio. Ya entrada la noche, cuando por fin estuvieron solos en la enorme alcoba ducal, Eloísa cerró la puerta con su propia mano y se volvió hacia él.

—Quiere la verdad —dijo—. La tendrá.

Alejandro se mantuvo de pie junto al fuego.

—Empiece.