El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó.

Y el duque Alejandro de Monteverde olvidó cómo respirar.

La mujer que estaba a su lado no era fea. Ni siquiera era simplemente hermosa. Era de una belleza tan inesperada que el resto de la iglesia pareció borrarse alrededor de ella. Cabello oscuro, brillante, peinado en ondas suaves bajo la tela. Piel clara, tibia. Labios del color de una rosa recién abierta.

Pero fueron sus ojos lo que lo hirió como un arma.

Verdes.

No un verde delicado, sino un verde afilado. Un verde capaz de cortar mentiras.

Ella lo miró con una serenidad inmóvil, como si hubiera esperado exactamente ese momento. Y entonces sonrió.

No con dulzura.

Con conocimiento.

Como si hubiera tendido una trampa y él hubiera caído en ella con la elegancia de un tonto.

En la primera fila, una dama soltó un jadeo demasiado fuerte.

Alejandro sintió que las rodillas le fallaban por una fracción de segundo. Se recompuso antes de que alguien lo notara, pero él sí lo notó. Notó la pérdida del control. El calor repentino en la sangre. El hecho brutal de que nada de aquello era lo pactado.

El sacerdote carraspeó, incómodo.

—Su excelencia…

Alejandro abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Eloísa inclinó apenas la cabeza hacia él y murmuró, tan bajo que solo él pudo escucharla:

—Ahora ya entiende.

El pulso le golpeó en los oídos.

—¿Entender qué? —forzó.

—Que se casó conmigo a ciegas —susurró ella—. Y lo va a lamentar.

Antes de que pudiera responder, el sacerdote, nervioso, soltó la frase final:

—Puede besar a la novia.