El duque creía que se casaba con una chica fea, hasta que se levantó el telón y su vida se desmoronó.

—No me destruyó. Me despertó.

Entonces hizo algo que jamás habría hecho por obligación ni por apariencia.

Se arrodilló ante ella.

No por la iglesia. No por el público. No por el contrato.

Por ella.

—Quédese —dijo—. No como un trato. No como una compra. Quédese como mi esposa… y como mi igual.

Los ojos de Eloísa se llenaron otra vez de lágrimas, pero esta vez no eran de miedo. Se inclinó, lo tomó de las manos y lo obligó a ponerse de pie.

—Entonces no se arrodille —susurró—. Camine a mi lado.

Alejandro obedeció.

La besó de nuevo, pero ya no como un hombre atado por la necesidad, sino como uno que por fin había elegido. Eloísa apoyó la frente contra la suya y cerró los ojos.

—No más secretos.

—No más miedo —respondió él.

Y en la vieja hacienda de Monteverde, donde durante años solo habían habitado el orgullo, la deuda y el frío, por fin cayó el último velo.

A la mañana siguiente, por primera vez, aquel matrimonio no se sintió como una condena.

Se sintió como una decisión.

Y quizá por eso mismo, como el comienzo de algo verdadero.