Rocafuerte miró alrededor y comprendió que aquella vez nadie iba a reír con él.
—Los hombres odian a las esposas problemáticas —dijo con desprecio.
Alejandro sostuvo su mirada con una frialdad devastadora.
—Solo los hombres débiles.
Rocafuerte avanzó, pero cuatro guardias le cerraron el paso de inmediato.
—Váyase —ordenó Alejandro—. Si vuelve, lo haré arrestar. Si escribe a mi esposa, entregaré sus cartas al magistrado. Si vuelve a ensuciar su nombre, le responderé públicamente y me aseguraré de que toda Inglaterra conozca el suyo.
Rocafuerte palideció apenas. Maldijo, dio media vuelta y regresó a su carruaje. Los portones se cerraron tras él con un golpe seco.
Solo entonces Eloísa tembló.
Apoyó una mano en la pared, respirando con dificultad. Alejandro cruzó la distancia entre ambos en dos pasos.
—¿Está herida?
Ella negó, y las lágrimas que había retenido durante años empezaron a caer.
—Creí que siempre estaría sola contra él —susurró.
Alejandro la miró como si la viera por primera vez de verdad.
—No está sola. No si me permite quedarme.
Más tarde, en la calma de la alcoba, el fuego ardía bajo y dorado. Alejandro se detuvo frente a ella.
—Me casé por deber —dijo—. Esperaba no sentir nada. Temía su belleza porque me hacía desearla, y desear algo me asusta más que perder dinero. Me escondí detrás del orgullo.
Eloísa levantó los ojos hacia él.
—Yo me escondí detrás de una mentira fea para sobrevivir. Nunca quise destruirlo.
Alejandro negó despacio.